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Bush II, 2

Son, por el contrario, ajenos a la preocupación que domina su primer cuatrienio: hacerse reelegir. Se sienten liberados de las minucias de la politiquería cotidiana y por tanto menos inclinados al compromiso

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Ahora que todo el mundo sermonea a Bush sobre lo que tiene que ser su segundo mandato, no estará mal embarcarse en alguna especulación razonable sobre lo que probablemente quiera él hacer e incluso tenga que hacer aunque no lo quiera, porque la lógica de las circunstancias se lo imponga.
 
Los presidentes en su segundo y último mandato se preocupan por llevar a cabo lo que quedó pendiente del primero, especialmente cuando se trata de aquello por lo que quieren pasar a la historia, para lo que se sienten refrendados por su éxito electoral. Son, por el contrario, ajenos a la preocupación que domina su primer cuatrienio: hacerse reelegir. Se sienten liberados de las minucias de la politiquería cotidiana y por tanto menos inclinados al compromiso, lo cual es especialmente importante en el caso de Bush, que ya de por sí es un persona rígida, con propensión a atenerse a principios inconmovibles.
 
Lo que ha dominado su mente desde el 11-S es ahorrarle a su país un segundo ataque del mismo o de superior calibre, y su estrategia ha consistido en extirpar de raíz las fuentes de la amenaza, eliminando a los terroristas y erradicando sus causas, a saber, los gobiernos despóticos e corruptos que bloquean el desarrollo económico y generan entre sus súbditos una intensa frustración que constituye el caldo de cultivo del radicalismo asesino.
 
Así de simple y así de claro es su análisis y nada indica que la duda le haya asaltado y esté en trance de cambiarlo. Ni los propósitos que lleva aparejados. Terrorismo y armas de destrucción masiva en acto o potencia, terroristas y estados que los patrocinan o pueden llegar a hacerlo y poseer el temido armamento constituyeron las obsesiones de su primer mandato y dominarán el segundo.
 
La principal concreción de todo ello es la guerra de Irak y el ganarla absorberá gran cantidad de sus energías. La cuestión es cómo. De forma inmediata la estrategia está trazada: Celebrar elecciones de la manera más regular posible y contar con un gobierno cuyo respaldo popular neutralice las interesadas acusaciones de ilegitimidad. Para ello se propone acabar con los santuarios de los terroristas en el triángulo sunní, empezando por Faluya. Las negociaciones con los jeques tribales y líderes religiosos asequibles para que les retiren el apoyo las lleva el gobierno de Alaui. Los marines se preparan para el asalto y la guerra urbana.
 
Un éxito rotundo o un fracaso manifiesto cambiarían por completo la situación y la segunda hipótesis llevaría a un cambio radical de estrategia. Lo que cabe esperar es una mejora relativa, pero incluso un éxito importante dejaría en pie un cúmulo de problemas cuya solución requerirá enormes y prolongados esfuerzos.
 
Para llevarlos a cabo todas las ayudas que pueda conseguir serán bienvenidas. No es probable que se repita el desdeñoso "we are America", queriendo indicar que en último término todo lo pueden hacer solos. En Irak el coloso Norteamericano ha palpado las fronteras de su poder inmenso pero no ilimitado. Pero nada hace suponer que Bush vaya a humillarse o a renunciar a sus objetivos maestros.
 
Estados Unidos es importante, habitualmente muy importante, para los 200 estados del mundo. La inversa no puede ser cierta. No son muchos los que pueden considerar beneficioso estar a malas durante los próximos cuatro años con el primer poder mundial. Por rígido que sea Bush, es un político americano, lo que quiere decir pragmático. Por firmes que sean sus convicciones no es ningún iluminado, mal que les pese a sus críticos imbuidos de fundamentalismo antirreligioso. La situación ofrece ciertas oportunidades, dentro de un orden.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos

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