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Bush sin Rove

Antes de levantar su despacho en la Casa Blanca ya ha empezado a atacar a Hillary, la más probable rival del candidato republicano. Quizás todavía pretenda ganar alguna batalla tras una aparente muerte política.

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Para los demócratas, un Rasputín a cuya cabeza habían puesto precio. Fueron a por él en el tristemente rocambolesco caso del uranio del Níger, conocido luego como el del cuentista Wilson y su cuentera esposa Plame. El implacable acusador especial Fitzgerald no consiguió hacerse con Rove y la víctima propiciatoria fue Libby, el jefe de gabinete de Cheney. De nuevo han tratado de cazar a Rove en el asunto de la destitución de ocho fiscales, cosa que sólo se entiende si se tiene en cuenta que a diferencia de lo que sucede en los sistemas europeos, los fiscales, constitucionalmente, no pertenecen en Estados Unidos al poder judicial sino al ejecutivo. Están concebidos como instrumentos de éste en la puesta en práctica de la ley. Su nombramiento, en el caso de los de ámbito federal, es prerrogativa absoluta del presidente. Su destitución, obviamente, también.

Ahora Karl Rove, el consejero áulico de Bush desde el inicio de su carrera política tejana, hace mutis por el foro y se va a su casa. Veremos si todavía le alcanza la persecución. Así como Libby cayó a falta de Rove, la cabeza de Rove no es más que un sustituto del mucho más preciado triunfo de la del presidente, con la manifiesta esperanza de que la pieza menor, pero no pequeña, lleve a la mayor.

Un considerable grado de genialidad política se la reconocen a Karl Rove admiradores y enemigos. Respecto a la posible malignidad de su genio, la división de opiniones es absoluta. Lo cierto es que es persona afable y optimista impenitente, de los que siempre ven el lado positivo en las situaciones más negras, incluida, por supuesto, la actual del partido republicano y sus perspectivas en el 2008. El saldo definitivo de su labor como estratega electoral y partidista es algo prematuro hacerlo en el momento en que cierra su carrera política, porque mucho depende de cómo termine la presidencia de la que se separa a quince meses de las elecciones y 18 de la transmisión de poderes.

Nadie le niega un papel decisivo en una serie ascendente de victorias en las urnas, hasta culminar espectacularmente en el 2004, en que por segunda vez en la historia de los Estados Unidos un presidente es elegido para el segundo término y al mismo tiempo aumenta el número de escaños de las mayorías de su partido en ambas cámaras.

Como Felipe II respecto a su vencida Invencible, Rove podría decir que no envió a sus candidatos en las elecciones del medio mandato del 2006 a luchar contra los elementos, en este caso no atmosféricos sino bélicos. Pero esa fue la batalla política que tuvieron que librar. La guerra no fue cosa suya. Su mente, fija siempre en electores y votos, nunca la vio. Pero su papel no fue nunca el de oponerse al presidente y ha tratado de servirle a las duras y a las maduras. Sería interesante, pero imposible de momento, conocer los entresijos de su dimisión, que no ruptura. ¿Está detrás el cálculo de que, como con Rumsfeld, su marcha beneficia al presidente y a su partido? ¿Seguirá aconsejando desde las bambalinas? Antes de levantar su despacho en la Casa Blanca ya ha empezado a atacar a Hillary, la más probable rival del candidato republicano. Quizás todavía pretenda ganar alguna batalla tras una aparente muerte política.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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