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Calentando motores

Para Rusia es más grave e inmediata la amenaza que supone la hegemonía estadounidense que el fin del régimen de no-proliferación y la posibilidad de que en los próximos años asistamos a un conflicto nuclear. Es una cuestión de prioridades.

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La crisis nuclear iraní es, por encima de todo, la crisis rusa. El Consejo de Seguridad tiene la capacidad de doblegar la voluntad del régimen de los ayatolás o, en último caso, de dotar de legitimidad jurídica el uso de la fuerza para poner fin a su programa. Si finalmente vuelve a quedar paralizado por el mecanismo del veto, poniendo de manifiesto su proverbial incompetencia para resolver las grandes crisis de seguridad internacional, será  responsabilidad de Rusia.

En círculos diplomáticos internacionales se discute con asombro la naturalidad con la que Putin comenta a sus destacados visitantes lo avanzado del programa nuclear iraní, así como el problema que para todos supondría que accedieran al arma nuclear. Un ejercicio de realismo que contrasta con su protección diplomática a Irán. Tras su visita a Teherán, el zar ruso ha vuelto a rechazar con toda claridad la aplicación del uso de la fuerza, puesto que no hay pruebas de que haya en marcha un programa para uso militar.

La aparente irracionalidad del comportamiento de Putin esconde una constante en la diplomacia rusa. Para ellos es más grave e inmediata la amenaza que supone la hegemonía estadounidense que el fin del régimen de no-proliferación y la posibilidad de que en los próximos años asistamos a un conflicto nuclear. Es una cuestión de prioridades.

Con pleno apoyo ruso, Ahmadineyad ha dado un nuevo giro de tuerca a su política. El hasta ahora negociador Ali Lariyani ha presentado su dimisión. Su plan para mantener la producción de uranio pero congelar la instalación de nuevas centrifugadoras no ha contado con el apoyo del presidente. Falta por saber si la caída de Lariyani altera la posición de Putin, en el supuesto caso de que hubiera un preacuerdo. Si, como nos tememos, todo sigue igual nos encontramos ante una agenda complicada de aquí a fin de año.

En un mes la Agencia Internacional para la Energía Atómica presentará un nuevo informe. A continuación Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia anunciarán su propuesta de nuevas y más graves sanciones contra el régimen de los ayatolás. Previsiblemente Rusia lo bloqueará. Las potencias occidentales pueden entonces considerar, como ya han dado a entender, su aplicación fuera del marco de Naciones Unidas. De cuál sea la reacción iraní dependerán los siguientes pasos y, en particular, la decisión norteamericana de lanzar una operación militar. El calendario es poco apropiado. Bush está centrado en la reconstrucción de Irak y tratará de evitar provocar a Irán para que no cree aún más problemas en las tierras de Mesopotamia. Tampoco la campaña electoral para elegir al futuro presidente invita a lanzar un ataque aéreo.

En cualquier caso lo que ya está claro para europeos y norteamericanos es que Rusia va a ser un problema grave en los próximos años. Algo que no sorprende a nuestros aliados de Europa centro oriental, que llevan décadas repitiéndolo mientras dirigentes irresponsables como Chirac o Schroeder apostaban por la ruptura con Estados Unidos y la formación de un eje con Rusia y China, una locura que despierta pasiones entre nuestros socialistas. Su disposición a utilizar la energía para chantajear a Europa; la sistemática destrucción de las instituciones democráticas; sus amenazas ante el despliegue de elementos de la Defensa contra Misiles Balísticos en Europa; y, por último, la cobertura brindada a Irán probablemente lleven a los gobiernos europeos a una posición común clara y fuerte en el próximo Consejo Atlántico de Bucarest, aproximando así posiciones con Estados Unidos.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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