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Cambio de mentalidad

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Los últimos atentados terroristas en Irak han provocado un importante impacto en la clase política y en la sociedad norteamericana. El fantasma de Vietnam ha vuelto a ser aireado, incluso por el siempre profesional senador McCain. Los norteamericanos no entienden por qué el número de ataques diarios de las milicias baasistas continúa creciendo –están en torno a veinticinco– y sienten que la situación, sin ser grave, parece que se escapa de las manos de sus comandantes. Si a ello añadimos que se ha iniciado la campaña electoral para elegir al futuro Presidente y que el comportamiento de la economía parece que favorecerá a Bush, es lógico que los distintos y variopintos candidatos demócratas hagan de la política en Irak, sin duda el aspecto más vulnerable de la gestión de la actual administración, el eje del debate, añadiendo más leña al fuego.
 
La transformación de los restos de la Guardia Republicana en una fuerza guerrillera, bien aprovisionada y formada por profesionales, sorprendió al mando norteamericano. La reacción está siendo lenta, en parte por los vaivenes de las exigencias políticas del momento. Recordemos que no hace mucho leíamos que parte de los analistas de inteligencia destinados en Irak abandonarían sus cometidos en la lucha contra la resistencia para reforzar el núcleo encargado de la búsqueda de los depósitos de armas de destrucción masiva. Ahora leemos la noticia contraria: ante el incremento de las acciones guerrilleras y terroristas se destinarán a su combate profesionales asignados a la localización de los arsenales prohibidos. Pero además hay que reconocer problemas de mucho mayor calado.
 
Durante estos últimos años se han dado dos fenómenos paralelos en la definición de la acción exterior norteamericana. En primer lugar, se produjo dentro de las agencias de inteligencia una reversión en la clásica inteligencia humana, para concentrarse en los recursos que proporcionaban las nuevas tecnologías. En segundo lugar, las unidades militares se especializaron en el combate y en el logro de la victoria, dejando de lado el entrenamiento en funciones que han caracterizado a los ejércitos a lo largo de la historia, como es el control de la seguridad interior. La vida es cambio y, a veces el cambio no es otra cosa que una vuelta al pasado. Todos tenemos que aprender de la experiencia iraquí. La primera lección es que hay que reforzar la inteligencia humana y colocar agentes sobre el terreno con formación cultural y lingüística para poder realizar su trabajo con eficacia. La segunda es que hay que disponer de unidades capaces de ocuparse de la seguridad interior, bien porque han sido entrenadas para múltiples funciones, bien porque ha habido una distribución de competencias.
 
Los comandantes norteamericanos carecen hoy de la información suficiente para localizar y capturar a Sadam y a los restantes responsables de las operaciones baasistas. Cada día que pasa va en beneficio de estos últimos, porque pueden mejorar su organización y adaptación al nuevo entorno creado por la presencia de las fuerzas multinacionales. Mientras los chiítas y los kurdos sigan manteniendo posiciones en favor de la reconstrucción, su influencia será limitada y, finalmente, serán destruidos. Pero, mientras tanto, podrán crear serios problemas durante un tiempo prolongado a las nuevas autoridades.
 
GEES: Grupo de Estudios estratégicos

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