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Cheney muerde a Rusia

En la Rusia de hoy, oponentes de la reforma están tratando de dar marcha atrás a las ganancias de la última década. En muchas áreas de la sociedad civil el gobierno ha restringido injusta e impropiamente los derechos de su pueblo.

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"Totalmente incomprensible" es como el viceportavoz del Kremlin definió las palabras del vicepresidente Cheney en la capital del Lituania el pasado día 3. El ministro de Exteriores Lavrov parece haber aplicado el viejo dicho anglosajón de que "piedras y palos pueden romper mis huesos pero las palabras no me hieren" y ha pasado por encima de ellas. No así la prensa rusa, a la que ya no le queda casi nada de libre, que ha comparado el discurso de Vilna con aquel en el que Churchill, en marzo de 1946, dijo que "una cortina de hierro ha descendido a través del continente", inventando la expresión que aquí se tradujo como "telón de acero". Fue algo así como el acta de nacimiento de la guerra fría y ahora los medios rusos ponen el grito en el cielo, hay que suponer que por cuenta de sus discretos amos, por lo que consideran la reedición por parte americana de aquel gélido conflicto.

Aunque las palabras no sean misiles sí pueden ser dardos y causar heridas que a veces se enconan. Desde luego, con ellas se hace política y suelen ser el primer y a veces el único elemento de análisis. Se describe con frecuencia el juego del poder, muy especialmente en el plano internacional, como una fría partida de ajedrez. Sólo que las partidas tienen también su emoción que puede perder al más pintado de los campeones de tan cerebral juego. No digamos la política. Pero en este caso parece que podemos descartar todo lo que sea pasión, inadvertencia o torpeza. Cheney dijo exactamente lo que quería decir y lo tenía perfectamente preparado de antemano. No hay nada de trivial en ello y sorprende la escasa atención que se le ha prestado fuera de Rusia.

Libertad, energía y hegemonismo han dominado el corto discurso del vicepresidente. No sólo el contenido sino el lugar y el marco son significativos. Una república báltica cuyo desgajamiento siente Rusia como si le hubieran arrancado un dedo. Esperó por un tiempo que al menos OTAN y la UE se abstendrían de meterse donde no debían, pero se metieron. El marco es una conferencia en la que antiguos satélites y ex repúblicas soviéticas se codean con los occidentales, dejando al gran vecino a la luna de Vilna, ya que no de Valencia. Nada es inocente en las declaraciones.

"En la Rusia de hoy, oponentes de la reforma están tratando de dar marcha atrás a las ganancias de la última década. En muchas áreas de la sociedad civil el gobierno ha restringido injusta e impropiamente los derechos de su pueblo"... "No se sirve ningún interés legítimo cuando petróleo y gas se convierten en instrumentos de chantaje"... "Y nadie puede justificar acciones que socavan la integridad territorial de un vecino o interfieren en los movimientos democráticos". Hay también una mano tendida a Rusia y la expresión de toda clase de buenos deseos. Pero lo cierto es que Cheney le ha dado un buen repaso a Moscú.

Que la involución rusa, la utilización de sus recursos energéticos como chantaje geopolítico y los esfuerzos para recrearse una esfera de influencia preocupan en Washington y en Europa no es ningún secreto. Fuera se ha quedado todavía el otro gran motivo de queja, la falta de cooperación en el tema iraní.

Todo ello se podría poner a la cuenta de las ínfulas democratizadoras de la administración Bush. Lo malo es que la expedición báltica de un dignatario poco viajero queda encuadrada por la peregrinación a Washington del presidente azerí y la visita también de Cheney en Kazajistán a otro superviviente del comunismo. Ambos dictadores, relacionados con el petróleo y vecinos de Rusia e Irán. La geopolítica prima.

Y todo ello en vísperas de la reunión del G-8 en julio en San Petersburgo. Voces dentro y fuera de Rusia han puesto en duda que la gran nación eslava sea digna de pertenecer a tan selecto club. Washington quiere mostrar que aún es capaz de enseñar los dientes a pesar de sus problemas de dentro y fuera. La contenida respuesta del Kremlim muestra que no se lo toman a broma y que la reunión del G-8 es tan importante para ellos como para los chinos su cita olímpica.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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