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Chequera abierta y dejación criminal

Como en otros asuntos, los propósitos de Zapatero tropiezan con su criminal dejación de responsabilidades con los dos únicos focos de hispanidad que quedan en el continente africano: Guinea Ecuatorial y el Sáhara Occidental.

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El nuevo do de pecho con el que Zapatero ha anunciado que España dará ejemplo a las demás potencias mundiales en la lucha contra el hambre, con una aportación de 1.000 millones de euros durante los próximos cinco años, se ajusta al guión con el que a comienzos de su nuevo mandato el líder socialista anunció una revolución diplomática garantizada por la impronta personal y muy especial que iba a tener a partir de entonces la acción exterior. Su objetivo: convertir "el nombre de España en sinónimo de justicia, de humanidad y de solidaridad en todos los rincones del mundo", poniendo especial atención al escenario que más necesita de estas aportaciones: el continente africano.

Hasta ahí, la unanimidad está asegurada incluso por parte de quienes no votaron al PSOE, porque si en algo lleva razón Zapatero es en que a estas alturas de la historia no es tolerable que el hambre amenace las vidas de mil millones de personas. Pero como en otros asuntos, sus propósitos tropiezan con su criminal dejación de responsabilidades con los dos únicos focos de hispanidad que quedan en el continente africano: Guinea Ecuatorial y el Sáhara Occidental. Una dejación que, en ambos casos, tiene como efecto el apoyo activo a dos situaciones de flagrante atropello de los derechos humanos, que deja al buenismo diplomático de Zapatero y Moratinos reducido a una política de chequera abierta a costa del contribuyente.

El Gobierno afirma que la lucha contra el hambre y la pobreza nada tienen que ver con los problemas "políticos" de Guinea Ecuatorial y el Sáhara Occidental y que hay tanto por hacer en la carrera para salvar vidas que se puede ir avanzando sin tener que pasar forzosamente por lo que no son más que dos pequeños puntos dentro de la inmensidad africana. Lo que no es más que un pretexto con el que sucesivos gobiernos han intentado hacernos creer que España podía hacer política en África sin pasar por Guinea y el Sáhara, para disimular la auténtica razón de este malintencionado y alevoso olvido: la debilidad de España en el escenario internacional.

En los últimos años se ha borrado esa línea divisoria que durante los años sesenta y setenta convirtió derechos humanos, libertades, buen gobierno, o lucha contra la exclusión de la mujer en asuntos secundarios frente a la mucho más urgente causa de la lucha contra el hambre y la pobreza. Ahí está el ejemplo de Tony Blair y Gordon Brown con su acoso a la dictadura senil de Robert Mugabe en el marco de una verdadera política contra el hambre: hoy en día se actúa partiendo de la certeza de que buen gobierno, derechos humanos y justicia son cuestiones clave para acabar con las causas del hambre y la pobreza extrema en países que, dicho sea de paso, no son tan pobres como corresponde a sus deplorables índices de desarrollo. Esto es válido para el Sáhara, donde el hambre de los refugiados saharauis está provocado por la agresión de una monarquía feudal atacada por la fiebre del expansionismo y las ansias por expoliar las riquezas del territorio. Y también para Guinea Ecuatorial, donde una cleptocracia impresentable ha logrado que su población esté a la cola de los países más pobres del mundo a pesar de haberse convertido en una gran potencia petrolera.

En las coordenadas de la acción exterior en las que se mueve Zapatero, todavía tiene vigencia un principio: para ganarse el respeto de los demás y poder actuar con solvencia en casa ajena, lo primero es dar ejemplo poniendo orden en la propia, es decir, en las zonas que por historia y vínculos culturales y económicos –guste o no a los gobiernos españoles– son áreas tradicionales de influencia española. Es lo que tradicionalmente se denomina como responsabilidad histórica de las antiguas potencias coloniales, y su vigencia es una de las razones por las que la diplomacia británica haya tomado la iniciativa en su antigua colonia de Zimbabue, en lugar de denunciar los desmanes que, por ejemplo, comete con igual carga homicida que Mugabe el dictador de la República de Congo, el francófono Denis Sassou Nguesso. De la misma forma en que tampoco es una casualidad que Portugal diese voz en las tribunas internacionales a la voluntad con que el pueblo de Timor Este siguió reclamando su derecho a la autodeterminación durante los años de la ocupación indonesia.

¿Qué impide a Zapatero hacer lo mismo con los nuestros? Pues ese no pintar nada en el exterior que le obliga a mendigar un taburete a terceros para, al menos, poderse hacer una foto con fines electoralistas en los eventos donde se cuecen las grandes decisiones del momento. En el caso del Sáhara no tiene más remedio que secundar a Marruecos porque, como dijo recientemente Rosa Díez, "es más fácil llevarse bien con los poderosos, y el poderoso, en este caso, es Marruecos". En el de Guinea Ecuatorial, por otro motivo muy parecido; hasta para realizar una política solidaria consistente, hay que querer tener peso en el escenario internacional. Gordon Brown ha logrado neutralizar y aislar a Mugabe arrastrando tras su línea de denuncia a las grandes potencias occidentales, incluida Francia, tradicional protectora de cleptócratas africanos. ¿Podría hacer lo mismo Zapatero con Guinea? Tanto el lector como nosotros conoce de sobra la respuesta...

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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