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Como un torrente

Los ayatolás de Teherán tiemblan ante el pésimo ejemplo de sus correligionarios iraquíes. Y cada día más. Habrá altibajos, pero la cuarta oleada se ha puesto en marcha

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Una de las formas de producirse el cambio histórico es por oleadas. El ejemplo cunde. El espíritu humano es muy sensible a las modas; individual y colectivamente. Huntington ha escrito páginas importantes sobre las tres oleadas de democratización. La última muy cercana, asociada directamente a la caída del comunismo y el desplome de la Unión Soviética. Aún no ha dejado de reverberar y ya tenemos encima la cuarta, que se superpone a la anterior, reviviéndola, pero ésta tiene su epicentro en el Oriente Medio.
 
Estas nuevas ondas sísmicas democratizadoras son claramente inducidas y su promotor tiene un nombre: El vaquero tejano y político obstinado y astuto George W Bush. No es un intelectual, no tiene gran facilidad de palabra, comete equivocaciones al hablar, y es hombre de ideas sencillas y posiblemente no muy abundantes, ofensivos defectos, imperdonables para muchos que gustan de verse como todo lo contrario, lo que les proporciona un embriagador sentimiento de superioridad. Ideas tomadas de la tradición americana. O más bien habría que hablar de fe, fe en el credo americano. El primer artículo es que precisamente ese credo es la causa de la grandeza de su país, el que lo ha convertido en la primera nación del mundo, la nación indispensable, como decía Madeleine Allbright, la que ha cosechado un mayor número de éxitos en la más amplia gama de sectores.
 
El contenido básico de esa fe se compendia en Libertad y Democracia, con grandes mayúsculas. Con mayor o menor intensidad, con las contradicciones propias del choque entre los grandes ideales y la cruda realidad, el país se ha sentido siempre llamado a promover esos valores como la solución a los problemas del mundo. El presidente actual se está revelando como uno de los más firmes creyentes y mayores apóstoles de la universalidad de los principios constitutivos de la nación americana. La lucha contra el terrorismo yihadista en particular y contra cualquier otra forma de esa plaga contemporánea le ha llevado a un intenso y arriesgado compromiso con la causa de la democracia y la libertad, para darle la vuelta a la situación política y mental más hostil a esos ideales que imaginarse pueda.
 
Desde que terminó la fase de operaciones militares convencionales del derrocamiento del despotismo sadamista todo parecía volvérsele en contra. El deprimente análisis realista parecía llevar razón. La empresa era utópica, el resultado contraproducente. A Oriente Medio le faltan generaciones de evolución para que la democracia pueda arraigar y la fuerza no puede desempeñar ningún papel en la difusión de tan delicado sistema.
 
De la noche a la mañana, las elecciones del 30 de Junio en Irak irrumpen como un torrente y la cuarta oleada democratizadora parece arrancar de un tirón. Las novedades se producen en cascada. Comentaristas árabes enconadamente antiamericanos señalan que sólo bajo ocupación extranjera se producen elecciones en Afganistán, Palestina, Irak. Los saudíes convocan elecciones municipales y las mujeres van a poder votar. Mubarak se presenta a la sexta renovación de su mandato pero piensa que será bueno permitir que haya algún competidor. Los libaneses, los más eficaces creadores de riqueza en muchos kilómetros a la redonda – Israel no cuenta– se revelan contra el despotismo sirio y los propios sirios de a pie lo ven como una victoria que están dispuestos a hacer propia. Los ayatolás de Teherán tiemblan ante el pésimo ejemplo de sus correligionarios iraquíes. Y cada día más. Habrá altibajos, pero la cuarta oleada se ha puesto en marcha.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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