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¿Cómo va Afganistán?

¿Cómo se puede ganar una guerra cuando se le dice al enemigo –caracterizado precisamente por su mayor capacidad de aguante– en qué momento se va a tirar la toalla?

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Otros asuntos ocupan la actualidad, pero Afganistán siempre permanece en un segundo plano avanzado. En las capitales europeas, nunca muy entusiastas, cunde el desánimo. Enviamos a nuestros soldados a una empresa sin futuro, con un esfuerzo importante, políticamente costoso o como mínimo nada rentable. Todos quieren ver la luz al final del túnel, pero se inquietan de que Obama le haya puesto fecha fija (mediados del próximo año). Debería ser un alivio, pero ¿cómo se puede ganar una guerra cuando se le dice al enemigo –caracterizado precisamente por su mayor capacidad de aguante– en qué momento se va a tirar la toalla? Si él se va, ¿qué hacemos nosotros? Nadie puede estar seguro de lo que va a suceder. ¿Se va a ir si hay progresos visibles que se vendrían abajo con la retirada? ¿Va a huir en el medio de un desastre? ¿Puede ganar las elecciones asumiéndolo? Hace falta estar estratégicamente muy ciego para no ver las muy probables consecuencias de un abandono. La solución favorita de los europeos –que los americanos se las apañen, ya nos sacarán las castañas del fuego por la cuenta que les tiene– no es seguro que pueda funcionar esta vez. Dada la precariedad de la situación, hasta la parca ayuda de los aliados es indispensable, militar y políticamente.

Es una guerra comida por la desgana, en la que todos los participantes se sienten metidos en una trampa de la que no se atreven a salir porque las consecuencias pueden ser peores. La guerra se puso en marcha con el entusiasta apoyo de todos, cuando mostrar solidaridad con los americanos después del 11-S parecía un deber elemental e indispensable para dar sentido a la Alianza Atlántica, precisamente en el momento en que Washington prefería ir solo a tener que soportar el engorro de una guerra "de comité", como había sucedido tres años antes en Kosovo. Tanta solicitud les resultó sorprendente y molesta.

Tras la crisis de Irak, Afganistán se convirtió en la guerra de compensación, la guerra que demostraba que uno no era derrotista, que se estaba dispuesto a combatir o al menos participar como pacificador si se trataba de la buena guerra, a cuyo efecto se inventó esa curiosa contradicción en los términos que es la "guerra legal", que debería conducir a denominar "homicidio legal" a las bajas que se causen al enemigo. En eso se convirtió para la izquierda americana y por ende para Obama. Eso fue para franceses, alemanes y otros europeos. Así la interpretó Zapatero, en los términos más minimalistas imaginables, hasta el punto de que nuestros soldados están pero no propiamente en una guerra, sino en un extraño oasis humanitario en el medio de la misma. Todo ello contra sus instintos y sus aliados políticos, con el apoyo de la oposición y la disciplinada pero renuente tolerancia de los suyos. Hasta que llegó Obama. El devoto seguidismo respecto al que considera su gemelo ideológico y casi discípulo le ha llevado a exacerbar sus contradicciones, favorecido por el eclipse de Izquierda Unida, enviando más tropas ligeramente humanitarias y sumamente autodefensivas, aunque con una mano atada a la espalda, a una no-guerra que desesperadamente necesita cada vez más combatientes.

El lejano conflicto ha saltado de nuevo a la actualidad, en esta ocasión por la intensa actividad diplomática que ha supuesto la visita del presidente afgano a Washington durante nada menos que cuatro días de la pasada semana, acompañado de un amplio séquitos de responsables políticos, que han tenido numerosos contacto con su homólogos americanos. Muchos dignatarios en este mundo querrían disfrutar de un trato semejante. Su significado se relaciona con la estrategia que se intenta aplicar al conflicto. El componente político es primordial. Había que hacer las paces tras meses de tensión. El intento de reformar los modos corruptos del Gobierno de Kabul mediante acerbas críticas no ha dado resultado. Veremos hasta dónde se puede llegar por la conciliación. En todo caso, es parte de los preparativos para la operación que se presiente como decisiva para el conjunto de la guerra, este próximo verano, en Kandahar, la segunda ciudad del país, cuna y bastión del movimiento talibán. Es una empresa auténticamente civil-militar. McCristal, el general que manda las tropas americanas, ha querido incluso evitar la palabra operación. Se trata de desplazar a los talibán, instaurando el Gobierno central. Es el próximo gran desafío y la medida más exacta de la que vamos a disponer sobre las perspectivas del conflicto.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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