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Complicaciones en Pakistán

Una de las grandes claves para la victoria en Afganistán está en Pakistan. Pero su Ejecutivo tiene una aproximación estratégica errónea que pasa por que no ve solución política en Afganistán sin que parte de los talibán participen en el Gobierno.

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Al mes de haber reconocido la muerte de su máximo líder, Baitullah Mehsud, los talibán paquistaníes siguen mostrando su fuerza de manera brutal. El 26 de septiembre cometían dos atentados suicidas que mataban al momento a 16 personas y herían a más de 150. Una semana antes, el 18 de septiembre, habían provocado el doble de víctimas mortales, 33, y más de 80 heridos, en otro atentado suicida cometido en Ustarzai, situada en la misma provincia. En este último caso la mayoría de las víctimas fueron chiíes, objetivo prioritario para los islamistas, y el autor procedía de Orakzai, feudo de Hakimullah Mehsud, sucesor del fallecido Mehsud.

Esta ofensiva desmiente a quienes creían que el Movimiento Talilbán de Pakistán, supuestamente descabezado y sufriendo choques internos en el proceso de designación de nuevo líder, iba a ver mermadas sus capacidades. Se supone que también la detención por militares paquistaníes del dirigente talibán Muslim Jan, hecha pública el 11 de septiembre, debía de haber producido efectos visibles según los más optimistas. En realidad, y según se deduce de las afirmaciones incluidas en el informe de McChrystal, el santuario paquistaní sigue siendo crucial para los talibán que combaten en Afganistán, y ello a pesar de los esfuerzos que el Estado paquistaní afirma estar realizando para neutralizarlo.

Los responsables del servicio de inteligencia paquistaní, el Inter-Services Intelligence (ISI), se esfuerzan en hacer llegar al resto del mundo, y sobre todo a Washington, varios mensajes: primero, que Pakistán ha perdido desde el 11 de septiembre de 2001 a 5.362 miembros de sus fuerzas armadas y de seguridad luchando contra los yihadistas, y 10.483 han resultado heridos; y segundo, que los extendidos rumores sobre la connivencia del ISI con aliados de los talibán –como Siraj Haqqani– no son ciertos. También afirman que la importancia dada por McChrystal a la denominada ‘Shura de Quetta’ está sobredimensionada. Quetta es la capital del Baluchistán paquistaní, conectada por carretera con el feudo talibán afgano de Kandahar. En ella tienen los talibán del mullah Omar uno de sus principales puestos de mando, y en diversas ocasiones en el pasado Hamid Karzai llegó a entregar listas de nombres y direcciones de líderes talibán afganos instalados en la ciudad a sus homólogos paquistaníes. El problema es que el partido islamista que la ha gobernado entre 2002 y 2008, el Jamiat-i-Islami, y que ha tenido mucha influencia en el Parlamento de Islamabad, apoya al movimiento talibán. Sus madrassas sirven para adoctrinar a los futuros terroristas, y su territorio para abastecer logísticamente a los talibán.

Así están las cosas al otro lado de la frontera afgana. Como suele ya repetirse con razón, una de las grandes claves para la victoria en Afganistán está en Pakistan. Aunque este país sufre también en sus carnes la violencia terrorista, su Gobierno tiene una aproximación estratégica al problema particular, que no coincide con la nuestra: primero porque no ve solución política en Afganistán sin que parte de los talibán participen en el Gobierno; segundo, porque contemporiza con sectores talibán y pro-talibán con los que tendría que entenderse en el caso de que los Estados Unidos le dejen en la estacada, como ocurrió en 1989; y tercero, sigue alimentando y cebando a los radicales en el contexto de su enfrentamiento estratégico con India. Situación de locos, que si no se resuelve hará imposible ganar la guerra en Afganistán.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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