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Contradicciones pakistaníes

El atentado contra un centro militar en Peshawar el pasado 13 de mayo, que costó la vida a más de 80 personas, fue presentado por los talibán pakistaníes que lo perpetraron como una venganza por la muerte de Ben Laden.

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Tras la eliminación de Osama Ben Laden por los Seal estadounidenses en Abbottabad el 2 de mayo, la previsible tormenta política entre los EEUU y su aliado pakistaní se intensifica. Teniendo en cuenta la radicalización existente en sectores del Estado y de la sociedad pakistaníes, a la que se añade la tensión permanente con el vecino indio –también aliado de Washington– y el irresoluble conflicto afgano, lo cierto es que Pakistán va a ocupar en el corto y el medio plazo una posición privilegiada en la lista de preocupaciones de la Casa Blanca y, previsiblemente, también de otro países occidentales.

La visita de John Kerry a Pakistán, el 16 de mayo, en su calidad de presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Senado estadounidense, se ha producido en un momento para algunos crítico de la relación bilateral. El antiguo candidato presidencial ha anunciado que la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, visitará pronto Pakistán, y todos los esfuerzos diplomáticos estadounidenses están ahora dirigidos a tratar de calmar a su aliado y a recuperar su confianza, particularmente en materia antiterrorista, un eje fundamental de la relación.

Pakistán está y seguirá estando en una situación difícil, y en especial quienes desean salir de la espiral infernal de radicalización, de activismo terrorista, de hostilidad estructural hacia India y de su dependencia estratégica con respecto al desestabilizador vecino afgano, en la que están inmersos. Pocos destacan ahora que uno de los primeros sacrificados a partir de la incursión de los Seal ha sido el esfuerzo de aproximación a la India en el marco de la denominada "diplomacia del críquet" desarrollada desde marzo pasado por los Primeros Ministros de ambos países. Además, Pakistán va a esforzarse por frenar la penetración india en Afganistán –India acababa de dar el difícil paso de apoyar el arriesgado diálogo de Hamid Karzai con algunos sectores de los Talibán– y va a aflojar la contención contra quienes desde el lado pakistaní tratan de desestabilizar Afganistán. Es por ello que Islamabad tiene una gran capacidad de retorsión hacia los países occidentales implicados en Afganistán, reforzada por el hecho de que buena parte de los suministros no letales de la OTAN pasan por suelo pakistaní y ya se han visto bloqueados desde el 2 de mayo.

Finalmente, el atentado contra un centro militar en Peshawar el pasado 13 de mayo, que costó la vida a más de 80 personas, fue presentado por los talibán pakistaníes que lo perpetraron como una venganza por la muerte de Ben Laden. En realidad es más de lo mismo en este atribulado país –recordemos que en Mardán, cerca de Peshawar, un niño suicida de 12 años asesinó a 31 militares el pasado 10 de febrero–, y lo importante será comprobar si emerge de la sociedad pakistaní, civiles y militares confundidos, el germen de una actitud firme y contundente contra un terrorismo que, paradójicamente, ensangrienta y a la vez es apoyado por sectores relevantes de este país.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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