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Cumbres, muchas; decencia, poca

Los inversores igual que recogen los beneficios deben también soportar las pérdidas. Esta es la justicia esencial del mercado que los poderosos quieren sustituir por la suya y que pretende hacer pagar al contribuyente los errores de otros.

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Mientras el mundo –empapado en plena posmodernidad– olvida el 11 de septiembre de 2001 y los soldados mueren en Afganistán, Irán prueba el alcance de sus misiles, el secretario del Tesoro americano confiesa que no piensa cumplir el plan de rescate y el G20+Z se dispone a reinventar la economía. Es lo que las grandes potencias llaman priorizar.

La Unión Europea, una de ellas, adoptó hace un par de glaciaciones ideológicas la Estrategia de Lisboa. Iniciada en el año 2000 pretendía dar plenitud a las políticas liberalizadoras y fomentar la competitividad para lograr ser en el 2010 la zona más desarrollada del planeta. La falta de convicción de los Estados miembros fue dando lugar a incumplimientos progresivos y no llegó a hacerse realidad.
 
Pero no importa, olvidando lo saludable y económicamente científico, ahora vamos a impulsar en Washington otro modelo. Los más ambiciosos hablan de un nuevo Bretton Woods. Allí acudieron en 1944 los europeos con mala cara por medio siglo de guerras fratricidas sólo superadas por la intervención americana. De ahí surgieron los tipos de cambio fijos y su vinculación a un patrón oro. Se abandonaron. Lo único que ha sobrevivido ha sido el Banco Mundial y el FMI, dando la razón a Reagan de que lo más parecido en esta tierra a la vida eterna es una oficina pública. Los europeos de hoy quieren darles más poder, presuntamente, de supervisión.

Bajo la advocación del grito intelectual-religioso de nuestro tiempo –¡Hay que hacer algo!–, esta cumbre que da el pistoletazo de salida a no se sabe cuántas cumbrecitas, se incuba en una fiebre por el Plan y el control. En lugar de lo que parece prevalecer por desconocimiento económico y fundamentalismo ideológico, debería promoverse lo siguiente:

  1. Justicia. Los inversores, que asumen los riesgos, igual que recogen los beneficios, deben también soportar las pérdidas. Esta es la justicia esencial del mercado que los poderosos quieren sustituir por la suya y que pretende hacer pagar al contribuyente los errores de otros.
  2. Seguridad jurídica. Si se van a crear nuevas agencias, misiones de la ONU, tinglados burocráticos varios que hagan reglas y se encarguen de su cumplimiento, debe saberse de antemano qué se hará, por qué y cómo. La ambigüedad y la amplitud de las reglas sólo pueden ser sinónimos de arbitrariedad y corrupción.
  3. Precaución ante las consecuencias a largo plazo. Poner más poder en manos de los Estados significa que lo tendrán durante mucho tiempo. Los mercados privados de capital han proporcionado al mundo una prosperidad sin igual. La globalización ha permitido un reparto de esa riqueza que no tiene comparación con ningún momento de la historia. Volver a épocas precientíficas y autárquicas es conforme a las pulsiones antiliberales de nuestro tiempo, pero es peor que un crimen –Talleyrand dixit– es un error.
Ni mil cumbres ni sus correspondientes fotos pueden sustituir a la inteligencia y a la decencia. Las medidas populistas tomadas de espaldas a la razón podrán generar la ilusión de que hay almuerzos gratuitos, pero siempre hay alguien que paga la factura. Podrán los Estados desatender sus obligaciones –proporcionar seguridad a sus ciudadanos– a cambio de inmiscuirse en lo que no deben –sus actividades económicas– pero esta posmodernidad irresponsable e indolora sólo podrá tener consecuencias indeseables.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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