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De dictadores africanos

La reciente condena del expresidente liberiano Charles Taylor por "instigar y asistir" en los crímenes cometidos en Sierra Leona en los noventa, ha impulsado a algunos a gritar que por fin se ha acabado la impunidad para los dictadores africanos.

GEES
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Vientos de guerra soplan por enésima vez en la región sudanesa. Desde marzo Sudán del Sur invadió y se retiró hasta en dos ocasiones de la población de Heglig, en su vecino Sudán. Éste respondió en ambas ocasiones con bombardeos contra el país enemigo que a día de hoy continúan. Además, Omar al-Bashir ha amenazado con liberar el sur de su gobierno electo. Juba en su momento fue duramente condenada por la comunidad internacional por su acción, que desde luego no era la más adecuada para ayudar a la tensa relación entre ambos países. ¿Pero qué pasó ante de la invasión?


Heglig fue más que nada la respuesta a las muchas provocaciones del régimen de Al-Bashir contra el nuevo país, como continuos ataques aéreos contra el estado sureño de Unity, bombardeos a campos de refugiados y la invasión de la disputada Abyei. De esta manera tan descarada Al-Bashir ha buscado alejarse una y otra vez de la mesa de negociaciones que le obligara a llegar a un acuerdo con su homólogo Salva Kiir sobre las fronteras, la deudas y el petróleo, algo imprescindibles para la estabilidad en la zona y para que el sur despegue como Estado. No debería de extrañar, pues es una práctica habitual en él desde que accediera al poder en 1989.

La realidad de Sudán es compleja y se mezclan los recursos naturales con profundas diferencias sociales, confrontaciones interétnicas y problemas religiosos. Pero sobre todo hay un gobierno que lleva décadas enfrentándose violentamente a las regiones periféricas, desde el nuevo Sudán del Sur, pasando por Darfur, Kordofan del Sur y Abyei. No existe una solución perfecta pero cada vez más el drama de Sudán se asienta en la continuidad de Omar al-Bashir en el poder.

La reciente condena del expresidente liberiano Charles Taylor por "instigar y asistir" en los crímenes cometidos en Sierra Leona en los noventa, ha impulsado a algunos a gritar que por fin se ha acabado la impunidad para los dictadores africanos. Es verdad que la condena de Taylor es histórica por tratarse de un exjefe de Estado, pero ha sido inculpado como cómplice de las barbaridades cometidas en un país que nunca llegó a pisar, Sierra Leona, y no por su papel de líder y de organizador de crímenes. Además siguen impunes todas las atrocidades que cometió en su propio país ya que fue en Liberia donde empezó a poner en práctica sus brutales métodos personales para ganar una guerra civil que duró ocho años.

A Taylor le ha condenado el Tribunal Especial para Sierra Leona, un tribunal ad hoc distinto de la Corte Penal Internacional (CPI) que emitió en 2009 dos órdenes de arresto contra Al-Bashir por crímenes en Darfur. Éste, sin embargo, ha viajado impunemente fuera de su país a otros firmantes del Estatuto de Roma a pesar de las órdenes del CPI, que sigue siendo una "amenaza no creíble" para dictadores y criminales. ¿Cambiarán las cosas después de Taylor? Por ahora no.

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