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De la primavera al invierno

La "primavera árabe", que transita rápidamente hacia el invierno, apunta ya a un fortalecimiento del islamismo en el norte de África, aunque en 2012 veremos hasta qué punto.

GEES
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El 2011 empezó en verdad en 2010, que es cuando Túnez se precipitó en un escenario de revueltas que se contagió a Egipto, Libia y, en menor medida, a otros países como Yemen o la caótica Siria. La "primavera árabe", que transita rápidamente hacia el invierno, apunta ya a un fortalecimiento del islamismo en el norte de África, aunque en 2012 veremos hasta qué punto. Aunque no sabemos en qué acabará todo, lo único claro es que lo ocurrido afecta primero a las sociedades e instituciones políticas de estos países, que para bien o para mal –más probable para lo segundo– cambiarán; que afecta a las relaciones entre los países musulmanes y entre todos los de Oriente Medio, cuyo equilibrio sale de 2011 trastocado; y que afecta al mundo entero, por las relaciones estratégicas, diplomáticas o económicas que unen ya a los países occidentales con cualquiera de los afectados.

La primavera árabe ha puesto sobre la mesa, revitalizándolos, asuntos conocidos. En primer lugar, la conversión de la revuelta libia en guerra civil, y la intervención occidental a favor de una de las partes, puso sobre la mesa el funcionamiento de todo el entramado de seguridad colectiva: el Consejo de Seguridad de la ONU, tan dividido como de costumbre; la Unión Europea y su política exterior, más divididos que nunca; y la OTAN, renqueante tras la guerra de Afganistán y desorientada tras la de Libia, a la espera de la cumbre de primavera en Chicago. De 2011 salen las organizaciones internacionales con más amarguras que otra cosa.

En segundo lugar, la primavera árabe se ha solapado con la amenaza terrorista, justo a los diez años del 11 de septiembre. Aquí, los Estados Unidos se han anotado un tanto considerable, fruto del esfuerzo, la unidad nacional y la constancia: la muerte en mayo de Osama Ben Laden en Pakistán, sumada a la de varios de sus lugartenientes, ha herido de muerte la célula central de Al Qaeda. Pero, a cambio, las redes regionales alqaedistas han mostrado en Yemen, África o el Caúcaso, una vitalidad considerable. La suerte y la pericia de servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad han impedido nuevas tragedias en los últimos años.

En tercer lugar, la primavera árabe, el levantamiento contra regímenes árabes corruptos y empobrecedores, forzó a Hamás y la ANP cisjordana a buscar un acuerdo contra un enemigo común: Israel. Lo ocurrido en septiembre, con gobernantes corruptos, violentos y justificadores del terrorismo recibidos en Naciones Unidas, muestra la debilidad política occidental ante los cambios en el mundo árabe, y la posibilidad de que la tensión aumente de la mano de gobernantes, como los cisjordanos y gacenses, que en otras circunstancias y países, en Túnez, Egipto o Libia, habían sido borrados del mapa.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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