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De la victoria al éxito

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El antiamericanismo rampante suele llevar a la ceguera más absoluta y quien se alegra y advierte de las dificultades que están encontrando las fuerzas americanas y británicas en el Irak post-Sadam no suelen valorar el daño que significaría un fracaso en la reconstrucción política y económica de ese país. Irak tiene que ser un éxito, porque los daños de no serlo serían incalculables y no sólo para los norteamericanos.

Ahora bien, medir los logros de una campaña militar es relativamente sencillo: se saben los kilómetros que se avanza, el territorio que se ocupa, las tropas que se destruyen, las bajas de uno y otro lado. Por el contrario, reconstruir un país, en el sentido de regenerar su vida política, social y económica, no cuenta con unos indicadores tan claros. Y menos cuando es un tema sujeto a polémica por quienes se oponen sistemáticamente al uso de la fuerza incluso cuando es para bien. Véase la campaña que se ha montado sobre las 170 mil piezas supuestamente saqueadas del Museo Arqueológico de Bagdad, cuando en realidad todo el museo, lo expuesto y guardado, apenas llegaba a esa cifra.

Pero no cabe duda, en cualquier caso, de que un primer indicador es el nivel de violencia existente. Y hay que reconocer que a pesar de haber puesto oficialmente punto final a la campaña bélica, sigue habiendo focos aislados de resistencia. La tarea más urgente, por tanto, es acabar con esos focos e impedir que puedan llegar a montar una actividad coordinada.

Afortunadamente, Irak no es Afganistán en muchas cosas, especialmente en su orografía. Y un terreno esencialmente desértico no favorece en nada los movimientos de guerrillas. De lo que se trata es de contar con la densidad de tropas sobre el terreno que impida la libertad de movimientos del enemigo y que le presionen y persiga en todos los medios que utilice para su protección, sean montañas o ciudades.

Quienes se niegan a que los aliados de Estados Unidos aporten tropas para la reconstrucción sobre la base de que es muy arriesgado, en realidad están poniendo trabas y obstáculos a dicha reconstrucción. Es más, desconocen que a mayor densidad de tropas, menor es el riesgo que corren. Y, como le espetó en su día Madelaine Albright a Colin Powell, cuando éste se resistía a la participación americana en misiones de paz, “¿para qué quiere un ejército tan bueno y profesional si no quiere utilizarlo en ninguna parte donde se le necesita?”.

Se va a reconstruir Irak, pero sin la seguridad añadida que brindarán las tropas aliadas, europeas y de otros países, ese proceso requerirá más tiempo y sufrimiento. Y eso es algo que ni los iraquíes ni nadie se merece. Sobre todo, por el capricho de una oposición política incapaz de una alternativa positiva.

GEES: Grupo de Estudios Estratégicos.

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