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Democracia a muerte

La destrucción de la democracia en Venezuela ya no se hará mediante la legitimación que le daba la Asamblea Nacional. Se hará contra ella, mediante la compra de las voluntades hasta ahora resistentes a los encantos de los petrodólares del tirano.

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No es la guerra, pero sí una batalla perdida por el chavismo el pasado domingo. Las primeras reacciones de Chávez y de su entorno muestran que el dirigente venezolano ni está dispuesto a dejar el poder sin más, ni está dispuesto a abandonar el proceso de instauración de la dictadura socialista en Venezuela. A estas alturas le ocurre como con todos los movimientos totalitarios dotados de carismáticos líderes: caerá con su proyecto político, lo que significa que no dejará que éste caiga fácil ni pacíficamente, y morirá matando. El ridículo "Patria, socialismo o muerte" resulta en Chávez estremecedor. Tanto antes como después del domingo, la lucha es a muerte.

Hasta ahora, Chávez se ha movido cómodamente haciendo la revolución a medio camino entre las instituciones y la calle, usando las primeras en un proceso de involución democrático típico de los años treinta, apoyado por el matonismo y el terrorismo callejero: los resortes del Estado democrático, convenientemente adulterados, se utilizan contra las instituciones democráticas, con mayor o menor ruido, con mayor o menor disimulo, hasta el golpe definitivo que otorga poderes absolutos y arbitrarios al dictador. La Asamblea Nacional jugaba un papel clave. Las elecciones del domingo eran un paso importante hacia este punto de no retorno porque revalidaban parte del dominio institucional chavista.

Los miedos del caudillo estaban justificados por las perspectivas electorales y por las consecuencias. El resultado muestra que la oposición al tirano ha aguantado y aguanta bien, dadas las circunstancias en que se ha desarrollado en los últimos años, de acoso creciente y violencia cada vez más explícita. La existencia en Venezuela de una clase media desarrollada y de cierta tradición democrática –con toda la corrupción que se quiera, pero civilizada a fin de cuentas–, es un poderosísimo obstáculo que el dictador no consigue doblegar. Ahora la oposición ha reencontrado una forma de expresión institucional que deberá aguantar si quiere conseguir algún resultado contra la chavización.

Lo fundamental del domingo es que la destrucción de la democracia en Venezuela ya no se hará mediante la legitimación que le daba la Asamblea Nacional. Se hará contra ella, mediante la compra de las voluntades parlamentarias hasta ahora resistentes a los encantos de los petrodólares del tirano, o un uso aún más directo y abierto de la violencia, tanto dentro de las instituciones como en la calle. Para un Chávez que tiene ya muchos de los poderes del Estado, la pérdida de la legitimidad parlamentaria es un duro golpe. Socialmente, la coartada institucional se le ha perdido: para el Estado, otros poderes pueden tomar nota de la progresiva debilidad de tirano. Este peligro de contagio, de extensión y de posibles grietas en el movimiento chavista hace más peligrosa la reacción del petrotirano.

En cualquier caso, lo que para un demócrata es un veredicto inapelable, para un dictador es sólo un aspecto más de la búsqueda del poder absoluto. Con las intenciones intactas, Chávez adaptará el uso de la violencia a las circunstancias, ahora nuevas, sin que le tiemble el pulso. Lo hará desde, al margen o contra la Asamblea Nacional. Su proyecto político contra la democracia liberal es a vida o muerte: o él acaba con la democracia en Venezuela, o morirá en el intento. Hoy, como antes de ayer, la lucha por la democracia en Venezuela sigue siendo una lucha a muerte.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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