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Descifrando los resultados

No ha sido Irak el condicionante número uno del voto de los descontentos que se han decidido a darle una oportunidad al partido de Kerry y Hillary Clinton, sino la corrupción de los que dominaban hasta ahora las cámaras.

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Entre los brillantes ganadores se cuentan las empresas de encuestas y los expertos en demoscopia. Los resultados han estado plenamente dentro de los márgenes previstos. Un poco por encima de los mínimos. Se les daba a los demócratas una ganancia de al menos 20 representantes, cinco por encima de la mayoría. Consiguieron 27, 12 más de los imprescindibles para mandar, tres menos de los que tenían los republicanos. En el Senado se esperaban, como mínimo entre 49 y 51, sumando los dos independientes afines. Han sido los 51. Ninguna sorpresa, todo descontado de antemano.

Las novedades se producen inmediatamente después de conocerse los resultados. Los perdedores han renunciado a la pauta habitual de buscar consuelos y resaltar todo lo que rebaja la victoria de sus adversarios y la reduce a sus "justas proporciones", recibiendo el veredicto popular como una debacle y lanzándose a un impresionante mea culpa y a una introspección ideológica que parece preconizar una intensa sacudida interna.

Para empezar, las encuestas de salida de urna nos dicen, y esto se les había escapado los que escrutan la opinión pública, que no ha sido Irak el condicionante número uno del voto de los descontentos que se han decidido a darle una oportunidad al partido de Kerry y Hillary Clinton, sino la corrupción de los que dominaban hasta ahora las cámaras. Y los comentaristas conservadores se han abalanzado sobre el tema y no como los buitres sobre la carroña sino como quien ha estado mordiéndose la lengua durante tiempo para no perjudicar a los suyos y por fin se sienten libres para hablar a voz en grito. Impresionante ejercicio de democracia tanto por parte de electores como de analistas ideológicamente comprometidos. Otros dijeron ya antes de las elecciones que había que votar por el partido tapándose las narices, como antiguamente Indro Montanelli recomendaba hacer por la democracia cristiana en Italia. El argumento residía en que la alternativa era mucho peor. Sería interesante saber, pero casi imposible de averiguar, quienes cambiaron su voto porque creyeron que no era para peor y quienes lo hicieron dispuestos a conformarse con lo malo por venir pensando que el castigo a los republicanos era una salutífera purga que no se podía dejar de administrar.

La realidad es que la lista de corrupciones es más bien corta y está dentro de los límites de la fragilidad moral de todo poder. Corruptelas más bien. Pero esos votos que cambiaron su destinatario de manera decisiva no aceptaban que sus representantes se hubieran adaptado tan bien a los estándares de Washington. Habían sido elegidos sobre la base de ideales exigentes y con el compromiso de llevar a cabo una revolución que cambiase los modos de la Capital, siempre vista desde el resto del país como alejada de la América auténtica.

La autocrítica conservadora va mucho más allá de comportamientos individuales dudosos. De lo que se habla con insistencia es de olvido de los principios, de traición a los ideales, de connivencia con el status quo dejado por cuarenta años de poder de los liberals que los republicanos del Contrato con América del 94 se habían comprometido a cambiar. Se señala que los candidatos con credenciales impecablemente conservadoras se han llevado el escaño por el que competían en proporciones superiores al 90%, mientras que los demócratas han hecho una campaña en la que muy conscientemente han puesto sordina, cuando no mordaza, a los radicalismos izquierdistas que les son propios, han silenciado las cuestiones del aborto y el matrimonio homosexual y han buscado candidatos con creencias religiosas bien públicas y veteranos de la guerra del golfo y la actual.

Para calibrar la importancia de cada uno de estos temas habrá que esperar la llegada de análisis minuciosos de los resultados. Mientras tanto, el debate ideológico desencadenado parece que tendrá consecuencias políticas importantes.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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