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Dime que me quieres

Lo que hay que propagar para que la progresía disfrute y se regodee en sus sueños eróticos, es que se ha recompuesto la alianza atlántica multilateral y europeísta y que todos somos keynesianos.

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El progresismo es fabuloso. Y por fabuloso se quiere decir, claro, absoluta e increíblemente fabuloso. Convierte lo que toca en una onírica fábula en la que todo es posible, incluso defender al mismo tiempo una cosa y su contraria. Que la realidad no estropee el clima erótico primaveral, parece decir la izquierda patria y europea.

Bajo la incontinencia de cumbres de esta semana, se esconden dos cuestiones principales. Por una parte, el hecho de que Obama ha decidido aplicar lo que Bush hizo funcionar en Irak a Afganistán. Ha venido a notificárselo a los europeos, mientras agradece a la OTAN tanto los servicios prestados como los no prestados. Ante ello, el alborozo progre no puede contenerse. En parte, lo compartimos. Lo que hizo Bush en Irak nos pareció bien, y está concluyendo con la aparición de una democracia en Oriente Medio. Así que también nos parece correcto en Afganistán. Entre otras cosas porque el general al mando, Petraeus, y el secretario de Defensa, Gates, son los mismos que antes. Pero la conclusión no está clara para otros: al progrerío lo que le gusta es el argumento ad hominem. Si lo hace quien no consideran de los suyos, mal; si lo hace uno que se pueden atribuir como propio, bien.

La segunda cuestión es que en materia económica los europeos del euro vamos a ser relativamente ortodoxos y científicos. No vamos a tirar el gasto público por los aires más de lo que ya está, mientras los americanos se han empeñado en hacerlo. Serán capaces de venderlo como un acuerdo, pero no lo es. Obama ha venido a pedir que se aumente el gasto acá también porque entiende que así el famoso multiplicador del dinero público será más efectivo. Multiplicador que, por cierto, para el premio Nobel Gary Becker no es tal: "en tiempos de recesión se acerca más a uno, pero definitivamente es menor que uno". O sea, es un divisor. Eso es lo que parecen pensar también los más acostumbrados a gastar dinero público, la conjunción Merkel-Sarkozy. Ella sigue abogando por una inflación controlada, y él por el carácter no confiscatorio de los impuestos y la moderación en el endeudamiento. ¡Quién lo iba a decir!

Pero que no cunda el pánico. Lo que hay que propagar para que la progresía disfrute y se regodee en sus sueños eróticos, es que se ha recompuesto la alianza atlántica multilateral y europeísta, y que todos somos keynesianos, vulgo socialistas; que el paraíso terreno está a la vuelta de la esquina, vamos. Dos, seis meses, un año y se acabó el paro. Dos o tres años y la paz en el mundo. Regocijaos, desempleados y encarcelados del mundo.
 
La realidad es otra. Obama transmite a los europeos su mensaje: al menos quedaos quietos, dejadme hacer el trabajo, y molestar lo menos posible. Y Europa le dice a Obama: económicamente vamos a seguir por el camino del tratado de Maastricht, que no nos habrá dado lujos pero nos salva de calamidades. Tú no nos agobies. Es decir, tras la ficción de los banquetes y los fuegos artificiales, cada uno por su lado y muy felices.

Está claro, no hemos entendido el espíritu de los tiempos encarnado en esta orgía de cumbres celebrada por el progrerío. El zeitgeist de nuestra era es especialmente patológico: si no me quieres, miénteme, miénteme mucho, que es lo que me gusta y me hace feliz. Y que nuestro amor dure mucho tiempo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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