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Ejército, religión y cohesión

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Ha sido una condición sine qua non a lo largo de la Historia de los ejércitos que su punto más fuerte (o débil) era el grado de cohesión de sus unidades. Y cuanto más pequeñas, más cohesionadas debían estar y sentirse. Nada hay de extraño en ello para una profesión a cuyos miembros se les pide que, en aras de valores abstractos, estén dispuestos a matar y a morir, llegado el caso.

Al mismo tiempo, también ha sido un imperativo social equiparar cuanto más las Fuerzas Armadas a otras instituciones sociales y del Estado. Se les aplica criterios de gestión empresarial, como si se tratara de una empresa cualquiera, y se les impone una conducta y procedimientos más y más civilizados. Pero puede que este proceso esté llevando a una aberración.

Hace escasos días se supo que el Capellán de la segura base de Guantánamo, donde los Estados Unidos mantienen a sus prisioneros de Al Qaeda, el capitán Yee, estaba espiando presumiblemente para el terrorismo de Bin Laden. Después, un intérprete de la misma base, Hamed Al Halabi, también fue detenido por sospechas de actividades electivas vinculadas a los terroristas islámicos. Y la única conexión posible era que ambos profesaban el islamismo en su versión más fundamentalista.

Y no es el único caso. A comienzos de marzo, en medio del despliegue de las tropas americanas en el Golfo, un soldado de infantería, musulmán de religión, lanzó una granada contra sus compañeros, matando a siete de ellos e hiriendo a otros tantos. Sólo porque su visión religiosa le impedía formar parte de una fuerza de combate dispuesta a actuar contra un dictador de un país árabe.

Hasta ahora, la religión no era motivo de discriminación ni de preocupación en las filas militares. No sólo se recogía plenamente el derecho a profesar libremente el credo que cada individuo quisiese, sino que también se les daba los medios para que pudieran cumplir con sus obligaciones religiosas. Existen capellanes para casi todas las religiones importantes. El problema surge cuando asistimos, querámoslo o no, a una lucha que puede enmascararse como un conflicto de civilizaciones y entre visiones religiosas. Hoy, la mentalidad cristiana y católica no permite justificar la guerra santa del periodo de las cruzadas, pero hay lecturas del Corán que sí lo llegan a hacer. No todos los musulmanes son o serán terroristas, desde luego, pero tampoco se puede obviar el hecho de que todos los miembros de Al Qaeda sí lo son.

Y la pregunta es, cuando los soldados están patrullando en zonas calientes o territorios hostiles, cuando el Oriente Medio y el Golfo se convierten en áreas estratégicas de la intervención occidental, ¿hay algún mecanismo para generar confianza entre soldados católicos, protestantes y musulmanes? ¿Merece la pena el riesgo de reclutar un número pequeño de musulmanes con tal de acercarse a los objetivos anuales de personal? No hay respuesta simple, pero seguir como hasta ahora, ciegos ante el creciente riesgo, sólo tenderá a empeorar las cosas.

GEES: Grupo de Estudios Estratégicos.

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