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El azar y el terror

Un terrorista es por antonomasia un profesional de la conspiración. O al menos un aficionado con mucha entrega.

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El que no cree en casualidades no sabe en lo que cree. Pertenecen al orden de lo infinito el número de acontecimientos que se suceden sin nexo causal alguno. Pero de ahí a convertir la coincidencia en religión oficial del Estado debería haber un gran trecho que Zapatero y beneficiarios múltiples cruzaron de una gran zancada en el acto mismo de su advenimiento al poder. Atentado y Moncloa, ¡ninguna relación! Desde entonces se baten incansablemente por la causa del azar.

Lo que no tiene nada de casual es esta pía devoción por las coincidencias. Es de un asqueroso utilitarismo. Moratinos, simplón, acude con presteza a responder la pregunta que se hacen todos los españoles: Líbano, Yemen, juicio del 11-M, cada uno de su padre y su madre, asegura. Dime lo que niegas y te diré lo que temes. El editorialista de El País, más astuto, ignora por completo cualquier posible relación entre hechos tan geográficamente dispares. A la bicha, mejor ni mentarla, que ya los nuestros saben muy bien lo que deben descreer para que todo siga igual. Y si tienen dudas se las callan, que es mucho lo que está en juego.

Pero relaciones, causas y efectos haberlos haylos; un terrorista es por antonomasia un profesional de la conspiración. O al menos un aficionado con mucha entrega. No hay atentados por arrebato momentáneo. La buena planificación lo es todo. Si no que se lo pregunten a esos matados que lo intentaron en Londres y Glasgow hace cuatro días. Planificaron, pero no sabían y el oficio es el oficio y no se improvisa. Ante un tal grado de chapuza cabe pensar en una actuación espontánea, para hacer méritos ante una superioridad con la que no se ha contado. En el Líbano y Yemen la eficacia ha sido mucho más alta. En el primer caso no es fácil decidirse entre el número de autores posibles, pero los yihadistas suníes de la cuadra de Bin Laden están muy bien colocados. Respecto al antiguo reino de Saba no parece haber duda. En pocas ocasiones llegamos a conocer con exactitud el grado de autonomía o de dirección centralizado con el que procede una célula asesina.

En el caso de nuestro trágico 11-M sólo sabemos que no lo sabemos, pero que la desconexión total es lo menos verosímil. Y sobre un par de cosas sí que podemos tener una certeza absoluta. Bin Laden, Zawahiri y toda su plana mayor están en el complot dormidos y despiertos y su visión es universal. No lo consiguen controlar todo pero lo intentan. Lo suyo es establecer conexiones en pro de las mejoras en la productividad letal al servicio del reino islámico de este mundo. La otra es que consideran a la España de Zapatero un eslabón débil de cualquier cadena de la que forme parte. Así pensaban y lo difundieron por la Internet yihadista ya antes del 11-M, con Zapatero todavía en lejana e improbable perspectiva, en un documento premonitorio que explica la obvia finalidad política del atentado.

Desde entonces nuestro jefe de gobierno se ha dedicado a confirmar esa estimación sin dejar la más mínima sombra de duda, tanto en su acción exterior como interior. Y eso crea tentaciones: es un factor de vulnerabilidad. Otros factores también cuentan. La manera en que se hayan combinado últimamente no lo sabemos y la posición de Moratinos y demás corifeos del Gobierno es que no hay nada que saber y así estaremos todos más contentos. Casualidad de casualidades y todo casualidad.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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