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El doble rasero

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Durante la reunión anual de la UE con Israel, ha vuelto a quedar patente la falta de entendimiento entre las partes: Europa acusa a Sharon de meter más presión en la zona y de ningunear a su representante para el proceso de paz, Marc Otte, e Israel acusa a los líderes europeos de unilateralismo por su incondicional apoyo a Arafat. Las recriminaciones mutuas han llevado en esta ocasión a amenazas y a veladas sanciones por parte de la UE. De cumplirse se estaría cometiendo un grave error.
 
Europeos y españoles condenan la construcción de la valla de seguridad en torno a Cisjordania. Pero nadie criticó en su día –ni hoy– el levantamiento de alambradas, verjas y trincheras entre Marruecos y Melilla destinadas no a combatir incursiones de terroristas, sino el salto a suelo español de emigrantes ilegales y sin papeles.
 
Los españoles nos hemos preguntado una y otra vez por qué las cadenas de televisión y medios de prensa, en general, americanos siguen llamando a ETA “grupo independentista vasco”, enmascarando su naturaleza brutal y terrorista, pero nadie parece escandalizarse de que la UE, con nuestro apoyo, se niegue a considerar a Hamas un grupo terrorista, con la excusa de que, al igual que ETA y HB, cuenta con una rama política que podría ser incorporada al proceso político en el futuro.
 
Es verdad, desgraciadamente, que para muchos, los terroristas a veces son “luchadores por la libertad”. En demasiadas ocasiones se habla de las causas y raíces del terrorismo y se condena a quienes se fijan en el fenómeno de la violencia como una expresión inaceptable. Si se pone el énfasis en las raíces, se acaba contemporizando con los terroristas bajo la falacia de que la pobreza, la desesperación o la opresión conducen a la violencia indiscriminada. ¿Pero qué pensaríamos los españoles si un norteamericano, por ejemplo, nos preguntara sobre las causas de ETA? El terrorismo no puede combatirse sobre sus causas, porque no hay causa que lo justifique, sencillamente. Y eso vale para el País Vasco y para Palestina o Israel.
 
La negativa a recibir a alto nivel a Marc Otte, sucesor de Miguel Angel Moratinos, es la continuación inalterada de una política tradicional del gobierno israelí. Nadie que se entreviste con Arafat encontrará interlocutor oficial en el gobierno de Tel Aviv. ¿Extraño? ¿Qué diríamos nosotros de un embajador extranjero que se viera con luz y taquígrafos, con concesión de rangos protocolarios, con el máximo dirigente de ETA y que afirmara una y otra vez que comprendía y estaba con su causa?
 
Cierto, Arafat y la cúpula de ETA no son lo mismo, al menos a nuestros ojos. Arafat, como suele decirse, ha sido elegido democráticamente como máximo exponente de la Autoridad nacional Palestina. ¿Pero alguien es capaz de recordar con quién se enfrentó en esas elecciones? ¿hay alguien que pueda nombrar a sus opositores políticos dentro de Palestina? Es más, si nos enfada que la CNN no defina a ETA por lo que es, ¿cómo no podemos entender lo que sienten los israelíes cuando no sólo la prensa, que es libre y dueña de sus decisiones, sino nuestros gobiernos le conceden la misma equivalencia moral a Arafat y sus secuaces que a los israelíes?
 
Todo el apoyo que le ha prestado la UE y España a Arafat no ha servido para hacerle cambiar un milímetro su estrategia, ni para obligarle a poner fin a la intifada que él lanzó y sigue alimentando, ni para frenar la violencia terrorista de sus filas. Tal vez algún día eso sirva para que se corran los velos y veamos a cada cual como lo que realmente es. Y Arafat no es ya parte de la solución del problema. Israel sí.

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