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El enigma iraní

Lo más inquietante es que no podemos, por más que nos pese y en contra de casi todo lo que se dice, estar seguros de que los resultados hechos públicos sean un puro fraude.

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Irán es en este momento origen de muchos enigmas. El más obvio e importante es el que se refiere al futuro: ¿Donde irá todo a parar? En el supuesto de que los jerarcas de la revolución islámica tengan claro qué es lo que están dispuestos a hacer para recuperar el pleno control de la situación y desactivar la amenaza al régimen, lo que no es tan seguro es cuáles serán los resultados de sus acciones. Pero la más probable es que estén decididos a emplear toda la violencia que sea necesaria y que finalmente consigan su objetivo, lo que hará al sistema más represivo mientras sectores importantes de la sociedad abandonarán toda ilusión de que el régimen pueda evolucionar hacia algo más abierto y menos agresivo.

En todo caso, ni la política ni la sociedad serán las mismas y se acentuará una evolución de una autocracia teocrática a una dictadura militar, porque la base de poder de Ahmadineyad es la Guardia Revolucionaria, un ejército de elite dentro del ejército y cada vez más un Estado dentro del Estado, que controla directamente como propietario un fragmento sustancial de la economía iraní, con las consiguientes ineficiencias que contribuyen al progresivo empobrecimiento del país a pesar de su riqueza petrolífera. A esta privilegiada elite militar hay que añadir, como uno de los puntales del régimen, la milicia de voluntarios Basij, que actúan duramente como partida de la porra contra disidentes y manifestantes. Salen de las capas humildes de la sociedad y se benefician de las dádivas que la revolución prodiga a sus incondicionales. La clave de esa evolución es que el Gran Ayatolá Jamenei, autoridad suprema, responsable ante nadie, apoya a y se apoya en esos elementos tanto como en la facción del clero que acepta esa alianza.

Pero nada tiene de novedoso que el futuro sea incierto. Más problemático es lo que desconocemos del Irán de hoy y lo más inquietante es que no podemos, por más que nos pese y en contra de casi todo lo que se dice, estar seguros de que los resultados hechos públicos sean un puro fraude. Encuestadores americanos aseguran que sus previsiones daban todavía más ventaja al actual presidente y defiende el carácter científico de su trabajo con argumentos para cuya discusión no contamos con espacio. Un conocido columnista del Washington Post nos cuenta que diversos especialistas de la CIA corroboran esas mismas conclusiones, aunque en este caso consideran que la victoria real ha sido amplificada. ¿Para que entonces anunciar los resultados mucho antes de que hubiera sido físicamente posible realizar el recuento? ¿Para qué atribuir al ganador ciertas victorias inverosímiles en lugares que habría que tomar por feudos de sus rivales? Es tan enigmático que hay que pensar en lo más retorcido. Quizás como provocación, para eliminar a los elementos más peligrosos para el régimen y darle a éste un golpe de timón hacia una dureza todavía mayor. Sencillamente no sabemos cuáles puedan ser los verdaderos resultados y el porqué de ese comportamiento.

La cuestión no concierne solamente a los iraníes. Irán es y será siempre un país importante en el Oriente Medio, pero lo que universaliza el interés por sus problemas es su programa nuclear. La evolución interna del país concierne a todo el mundo árabo-islámico, cada vez más angustiadamente preocupado por la capacidades que está a punto de adquirir, que son percibidas como cuestión de vida o muerte en Israel y constituyen un problema prioritario de la política americana que confronta a su presidente con una engorrosa disyuntiva: traicionar los principios que proclama quedándose callado, con la esperanza de arrancarle concesiones a un régimen más duro que nunca –que de todas formas ya lo está acusando de ser el incitador de las protestas–, o apoyar un movimiento democrático destinado a la derrota, apoyo que servirá de pretexto a los vencedores para cerrarse en banda a cualquier negociación. 

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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