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El error de la reserva

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El ministro de Defensa, Federico Trillo, no ha tenido mucha fortuna con los temas de personal durante su mandato. La idea de Defensa de crear una reserva con la que movilizar a los españoles (¿varones?) en caso de guerra o catástrofe es ahora el último dislate. La movilización y reserva no es, en cualquier caso, una idea nueva. Ya surgió cuando se intentaba convencer a los militares de las bondades e inevitabilidad de la profesionalización. Entonces, los mandos compraron la idea porque confiaban en obtener a cambio una importante modernización del material de combate y porque, en su momento, una ley de reserva proporcionaría el marco legal para asegurarse la suficiente masa de soldados, una característica de los ejércitos de la era industrial a las que seguían apegados.

Que ahora se avale dicho proyecto apunta a que nadie en las Fuerzas Armadas y en su órgano central, el Ministerio, ha sacado las lecciones apropiadas de las últimas guerras, donde lo decisivo ha sido la velocidad de maniobra, no la masa combatiente. Por fuerza, en estas guerras relámpago, la reserva –no digamos ya la movilización– no juega ningún papel. No hay tiempo para ello. Al menos la reserva tal y como parecen planteársela en la Subsecretaría de Defensa. Efectivamente, para que la reserva tenga algo que aportar debe constar de personal entrenado, apto para las tareas, especialmente de apoyo, que los combatientes modernos requieren. Y eso exige una práctica y un entrenamiento –y una voluntariedad– cuya factura social y presupuestaria no es baladí. Movilizar a gentes sin preparación, que deben ser adiestradas (particularmente cuando no han realizado ya obligatoriamente la mili) es una pérdida de tiempo y dinero. Pero mantener en la reserva a profesionales temporeros también lo es, por mucho que la masa siga siendo un deseo de nuestros militares, descontentos con la escasa atracción del reclutamiento. Ahora bien, la reserva no debería servir para enmascarar las presentes deficiencias del número y la cualificación del personal militar.

El nivel de ambición estratégica de nuestro país no exige movilización alguna, en cualquier caso. Lo que las Fuerzas Armadas necesitan es cubrir sus plantillas, eso sí, de tal forma que sus unidades orgánicas existan más allá del papel. En 1991, el general Schwarzkopf consideraba que su enemigo estaba inutilizado cuando sólo tenía disponible el 50% de su personal. Habría que ver cuántas unidades de nuestros ejércitos superarían hoy dicho criterio.

GEES: Grupo de Estudios Estratégicos

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