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El error Powell

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George W. Bush forjó su personalidad política a partir de las lecciones aprendidas en la biografía de su padre. En más de una ocasión repitió que no caería en el error de mantener a un colaborador incompetente, por muy fiel y próximo que fuera. Ese parecía haber sido, a su juicio, uno de los errores de su progenitor. Sin embargo, tras tres largos años en la Casa Blanca ese ha sido también uno de sus errores.
 
El mandato del actual presidente norteamericano ha sido uno de los más revolucionarios de la historia de Estados Unidos. No sólo el país ha cambiado mucho, sino que su primer mandatario mantiene hoy posiciones radicalmente distintas a las que caracterizaron su previa carrera política y su campaña electoral. Llegó con un equipo de alto nivel, pero muy poco cohesionado, procedente de distintas escuelas de pensamiento. Tras el 11-S cada uno ha realizado su propia evolución, haciéndose más patentes las diferencias.
 
Una de las figuras más destacadas del gobierno norteamericano es el general Powell. Un hombre de color que llegó a la cúpula del mando militar y fue uno de los responsables de la victoria sobre Irak. Consejero de Seguridad Nacional con Reagan, pero también fiel colaborador de Clinton, Powell representaba para la sociedad norteamericana un conservadurismo moderado, el ejemplo de la integración de la minoría negra, el símbolo de que con esfuerzo cualquiera puede llegar hasta donde se propone. Su campaña en favor de la educación de los menos favorecidos reforzaba el perfil que Bush buscaba para su nuevo equipo. Sin embargo, en materia de Política Exterior Powell representaba y continúa representando la más rancia diplomacia norteamericana, como los españoles acabamos de tener la oportunidad de comprobar. El que fuera a principios del siglo XIX responsable del Foreign Office, Lord Castlereagh, acuñó una frase que se ha repetido como dogma durante décadas en las cancillerías de todo el mundo: el Reino Unido no tiene amigos ni enemigos permanentes, sólo tiene intereses. Era el viejo realismo, una doctrina caduca incapaz de dar respuesta a los retos de nuestros días, como ha comprendido y reflejado insistentemente el propio Bush en sus discursos más recientes, pero en la que Powell parece sentirse cómodo.
 
Su número dos, Armitage, ha tendido un puente al gobierno de Zapatero dando a entender que el 14-M no se debe a la cobardía o a la confusión de los españoles, tesis debatidas en los medios de comunicación de aquel país, sino a la mala gestión de Aznar. El mensaje reúne la doble condición de infame e inútil, una “excelente” combinación para la política que la Hiperpotencia tiene que desarrollar en tiempos de crisis.
 
El gobierno español, como el norteamericano, ha soportado estoicamente el cúmulo de errores del distinguido general en funciones de diplomático. Buscó el protagonismo del Consejo de Seguridad en la crisis de Irak, cuando sus colegas le habían explicado que sólo serviría para que Francia le tendiera una trampa y cuando Aznar había renunciado al trámite; aseguró disponer de votos suficientes para aprobar la segunda resolución que Blair suplicaba y que nunca llegó; confió hasta el último minuto en que Turquía aceptaría el paso de la IV División de Infantería y el Pentágono tuvo que hacer la guerra sin su mejor unidad y sólo atacando por el sur. El gobierno español nunca se quejó, aunque es fácil suponer cómo se vivían estas situaciones en los centros de poder. Ahora, en agradecimiento, se despacha imputando a Aznar responsabilidades inexistentes para ganarse la voluntad de Zapatero.
 
El gesto es inútil y nocivo. La Guerra Antiterrorista, como tantas veces se ha explicado en ambas orillas del Atlántico, requiere de un análisis común sobre cuál es la naturaleza de la amenaza y un compromiso en la ejecución de una sola estrategia. Lo que hoy toca es convencer, no oportunismos estériles. Cuando las manifestaciones de sectores radicales y antinorteamericanos se extienden por todo el planeta en favor de la paz, es decir en rechazo a la política norteamericana, el gesto de Armitage/Powell sólo consigue desanimar a los que han defendido la política común y convencer a los radicales de que todo vale. Las políticas de apaciguamiento también son inútiles en este terreno. Si quiere ganarse a Zapatero tendrá que actuar con firmeza y claridad, dejando muy claro cuáles son los márgenes posibles de relación. No es nada original, es lo que piensan y hacen sus compañeros de Gabinete con los que, una vez más, se encuentra en desacuerdo.
 
Bush se equivocó al no reemplazar al ilustre general cuando cometió los graves errores antes citados y cuando quedó de manifiesto que no entendía la nueva estrategia norteamericana. Estados Unidos necesita aliados en todo el mundo para acabar con las distintas amenazas terroristas. Sólo a través de las ideas y del compromiso en el largo plazo podrá cimentarse este nuevo vínculo. El 14-M es un excelente case-study para evitar errores en el futuro, para que la diplomacia norteamericana actúe con serenidad y firmeza, apoyando a los amigos y marcando distancias con quien le combate.

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