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El estado de la defensa nacional

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La defensa no suele ser un tema para el debate sobre el estado de la nación. No es algo que dé votos, y si Zapatero recurre a cuestiones como Irak o el dramático accidente del avión ucraniano con nuestras tropas de Afganistán sólo podría explicarse por una amnesia de los resultados del 25-M. Ya se lo dijo Bono: “yo he ganado porque no he hablado de Irak”.

Así y todo, no es un mal momento para recapitular sobre los objetivos, medios y condiciones de nuestras Fuerzas Armadas y de la política de seguridad y defensa en general. No cabe duda de que los ejércitos españoles son hoy más capaces de lo que eran en 1996. Tras una década de descapitalización sostenida por parte de los gobiernos socialistas y de rechazo social generalizado al servicio militar obligatorio, Aznar se decidió entonces a acometer esos dos problemas. Con más urgencia y expedición el segundo que el primero. Así, la mili se acabó antes de lo previsto, en el 2001, pero los presupuestos de defensa, aunque han aumentado ligeramente, siguen siendo escasos. Tanto que en menos de año y medio, cuando el Ministerio de Defensa tenga que hacer frente a la prefinanciación de los sistemas de armas mayores por parte de otros ministerios, se encontrará ante un déficit de unos 400 millones de euros en su partida de material.

Con todo, eso no es lo más grave, como ha quedado patente con la constitución de la asociación de las víctimas del accidente de Trebisonda. La segunda legislatura popular se ha caracterizado por la ausencia de nuevas ideas en defensa. El ministro Trillo ha concluido lo arrancado en el 96 sin añadir nuevos objetivos, justo en un momento en el que el entorno estratégico está mutando radicalmente. La Revisión Estratégica de la Defensa, presentada este mismo año, no ha sido más que un ejercicio de fuegos fatuos y un texto gaseoso en el que donde menos creen es, precisamente, en las Fuerzas Armadas.

Al Ministerio de Defensa puede serle más fácil ahondar en las líneas del pasado –ejércitos empleados como ONG uniformada y compras de armas ancladas en la vistosidad y no en los requerimientos del futuro– pero ahí están Perejil, Afganistán e Irak. Las Fuerzas armadas cuentan con muchos defectos, entre ellos su natural apego a la tradición y la renuencia al cambio. Pero para impulsar las transformaciones están sus responsables políticos. Cuando estos fallan, todo se resiente, la moral y la eficacia. Si España quiere jugar en primera división necesita cuanto antes poner remedio a una situación de malestar y también de desorientación. La defensa requiere el liderazgo político que nunca debió perder.

GEES: Grupo de Estudios Estratégicos.


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