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El extraño caso Libby-Plame

Mientras tanto los demócratas, impertérritos piden una investigación sobre el apasionante tema del uranio y, puestos a ello, sobre el origen de la intervención en Irak, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid

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Extraño caso ¡vive Dios! el que ha llevado a la acusación de Libby, mano derecha y jefe de gabinete de Cheney, vicepresidente de los Estados Unidos.
 
La cosa iba cuando empezó, hace varios millones de dólares y un par de años, de la revelación de la identidad de una agente secreta de la CIA, lo que, según las circunstancias, podría violar una ley. La tal agente, Valerie Wilson, Plame de soltera, trabajaba como burócrata en la Casa Blanca. ¿Se imaginan a alguien dándole un codazo al vecino y señalando con el mentón: Ese apesta a CNI? Nada, lo que se dice absolutamente nada hubiera pasado. Pero los americanos son muy puntillosos con esto de la Ley, predio intensivamente explotado por un amplísimo estamento abogacil que ha hecho doblar el precio de muchas actividades y situar su profesión en la cumbre de las menos fiadas por sus conciudadanos, desmontando de tan eximio puesto a los vendedores de coches usados.
 
La historia tiene una prehistoria. La Plame había recomendado a su marido, el antiguo diplomático Wilson, a sus colegas espías, para que lo enviasen al paupérrimo país centroafricano de Níger a indagar ciertos hechos, procedimiento de espionaje light que nadie hubiera esperado de una casa tan prestigiosa.
 
Resulta que a fines del 2001 habían llegado a manos de la inteligencia americana unos papeles procedentes de Italia que hablaban de gestiones de Sadam para adquirir uranio en bruto de ese país, que sólo exporta cebollas y ese mineral. Resultó una falsificación demasiado burda, pero la inteligencia británica estaba convencida de que, al margen de los papeles, algo había de cierto en la historia. El asunto importaba porque el elemento purificado de su ganga y mediante un complejísimo procedimiento industrial con el que Sadam nunca dejó de soñar pero que al día de hoy no ha llegado a poseer, podría terminar en la fabricación de un arma atómica.
 
Wilson realizó su viaje en febrero del 2002, se paseó por las alturas del poder, tuvo unos cuantos paliques y volvió contando que había habido una misión comercial iraquí hacía algún tiempo, pero que él sabía que regresó a Bagdad con las manos vacías. La historia iraco-nigerina-ítalo-británica dio varias vueltas por las cocinas secretas de Washington y sin que nadie sepa exactamente cómo aterrizó en el solemne discurso sobre el Estado de la Unión del 28 de Enero de 2003, mes y medio antes de la guerra, haciéndole pronunciar a Bush las 16 fatídicas palabras (un par más en la traducción) “El gobierno británico ha sabido que Sadam Hussein recientemente trató de adquirir cantidades significativas de Uranio de África”. Era la pura verdad. El gobierno británico lo decía y lo siguió diciendo y esa era la única afirmación que se hacía. Además, el informe de Wilson vino a confirmar que Sadam había tratado de conseguir mineral de uranio. Las diez y seis palabras no decían que lo hubiera conseguido. A no ser que sus enviados fueran tras las cebollas, que de acuerdo con Wilson tampoco debieron conseguirlas.
 
Pero el ex diplomático y espía consorte tenía cuentas políticas que ajustar con la Casa Blanca y en julio del 2003, mes y medio después de la guerra, publicó un artículo en el New York Times acusando al presidente y su gobierno de mentir respecto a las motivaciones de la guerra, porque Sadam no se había llevado el uranio africano. Una semana después un columnista del mismo periódico, al que no le ha pasado absolutamente nada, revelaba la relación de su mujer con los que lo que le habían pagado el pasaje.
 
Y a partir de ahí, fiscal especial, gran jurado y media Casa Blanca bajo sospecha. Ahora el fiscal especial dice que no ha encontrado indicios del delito para el que fue nombrado, la revelación de la personalidad profesional de la Plame, pero que Libby puede que los haya cometido en el curso de los interrogatorios a los que ha sido sometido. Como en los antiguos códigos de honor, si la espada se desenfunda no ha de volver a la vaina sin probar sangre. Como si un policía te para ponerte una multa, reconoce que no ha habido infracción, pero te pone tres porque no le ha gustado tu tono.
 
Mientras tanto los demócratas, impertérritos, piden una investigación sobre el apasionante tema del uranio y, puestos a ello, sobre el origen de la intervención en Irak, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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