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El fin del control de armamento

Putin ha convencido a los europeos, siempre dispuestos a la concesión y la pacificación, de que Rusia es un problema y que sólo la colaboración con Estados Unidos puede garantizar su seguridad.

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Hace veinte años, cuando el GEES daba sus primeros pasos, la Alianza Atlántica se debatía sobre cómo reaccionar ante el despliegue de los misiles soviéticos SS-20, dirigidos, una vez más, a tratar de romper el vínculo estratégico entre ambas orillas del Atlántico. La izquierda se dividió y una parte se echó al monte del pacifismo y la rendición. A pesar de ello la OTAN fue capaz de mantener su unidad y aprobar la "doble decisión", el contradespliegue de misiles Pershing y Cruise, dirigidos a mantener la paridad estratégica y reforzar la cohesión atlántica.

No era la primera vez en que desde Moscú se trataba de forzar nuestra voluntad mediante amenazas y tampoco sería la última. Hoy Putin, al frente de un Estado más pequeño pero más rico, vuelve a las andadas. El marco del debate vuelven a ser los misiles.

En aquellos días vivíamos bajo una sofisticada "arquitectura" estratégica basada en el hecho de que dos potencias globales, dos rivales ideológicos, tenían que tratar de evitar el inicio de la III Guerra Mundial, una guerra que nadie podía ganar pero que podía provocar desastres nunca antes conocidos. Parte de esa arquitectura sigue en pie, pero las circunstancias son muy distintas. La clave de aquella bóveda residía en el principio de Destrucción Mutua Asegurada, basado en la renuncia a disponer de sistemas anti-misiles. Garantizada la vulnerabilidad resultaba absurdo iniciar un ataque. Hoy Rusia y Estados Unidos son rivales estratégicos, pero no enemigos. Nuevos países se incorporan al club nuclear y a la carrera misilística. Frente a ellos es fundamental disponer de "escudos" antimisiles. Estados Unidos lleva tiempo desarrollando uno propio. Su extensión requiere de nuevos socios dispuestos a instalar radares, silos o baterías de misiles. Todo ello implica una ventaja para Estados Unidos y, en la medida que estados europeos entran en la nueva red, el refuerzo del vínculo trasatlántico. Dos hechos que producen serio malestar en Moscú.

El mundo es cambio y resulta absurdo pensar que un sistema diseñado para la Guerra Fría puede perdurar sine die. Rusia tiene que ser lo suficientemente imaginativa como para promover nuevas ideas y no limitarse a tratar de mantener en pie un edificio que inevitablemente se viene abajo. Lo paradójico es que no sólo no lo hace sino que, de hecho, alimenta el temor europeo atentando contra sus propios intereses. Europa se acerca de nuevo a Estados Unidos gracias a la política de Putin. El tratamiento de la política energética como instrumento de chantaje político; el desprecio a los derechos humanos y la reversión del proceso democratizador; y, por último, el apoyo diplomático a Irán para evitar que el Consejo de Seguridad apruebe sanciones económicas serias en su contra, poniendo en peligro el territorio del Viejo Continente que en buena medida queda bajo la cobertura de sus misiles, convencen a los europeos, siempre dispuestos a la concesión y la pacificación, de que Rusia es un problema y que sólo la colaboración con Estados Unidos puede garantizar su seguridad.

El escudo antimisiles norteamericano está en el centro del nuevo debate estratégico entre Rusia y Estados Unidos, pero no es el único tema de disputa. El mundo depende cada día más de cientos de satélites que orbitan en torno a la Tierra. Su protección requiere el despliegue de sistemas de armas en el espacio, un nuevo paso tecnológico que pondrá en evidencia la distancia que se abre entre Estados Unidos y Rusia. Desde Moscú se ve con horror. Su reacción es un tanto primaria. Vuelven, como en siglos pasados, a la amenaza. Advierten de su disposición a poner fin a tratados de control de armas originarios de la Guerra Fría y que han sido una garantía de estabilidad. Están en su derecho pero no es inteligente. Atraerán hacia sí a la izquierda radical, siempre dispuesta a la rendición, pero pueden empujar al resto de la población hacia la confrontación.

El discurso ruso gira en torno a la idea de que Estados Unidos debe detener sus programas y que hay que mantener el status quo. Sin embargo, la realidad se impone. Nuevas amenazas emergen, en parte gracias a la irresponsable política de Moscú, más preocupado por contener el hegemonismo norteamericano que por preservar el régimen de no proliferación nuclear o frenar el islamismo. La reciente cumbre ruso-americana ha concluido en un absoluto fracaso. Hagámonos a la idea de que las relaciones van a seguir así y que Moscú va a tratar de utilizar la disputa con Estados Unidos para dividirnos y debilitarnos. Una vieja historia.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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