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El fracaso de la Unión Europea

Hoy, perdidos en un burocratismo grisáceo y en las altas miras de contables con visera, caminamos tristemente en un nuevo materialismo agonizante que no tiene tanto que envidiarle al derrotado en 1989.

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El monstruo burocrático de la UE debería tener cuidado con lo que desea, porque está a punto de conseguirlo.

Tras el fracaso de la Constitución europea ante los electorados francés y holandés en 2005, los intereses creados que dominan lo que un día fue la idea de unir al continente en la paz y la prosperidad mediante políticas liberales, se empeñaron en sacar adelante la versión edulcorada del Tratado de Lisboa.
 
El 'no' irlandés, cosechado en la primavera pasada, no les desanimó y acaban de lograr que sólo quede pendiente la ratificación checa. Esta nueva idea administrativa de Europa está a punto de entrar en vigor. Su origen remoto está en la Declaración de Laeken que tenía por intención simplificar los procedimientos de toma de decisión comunitarios. Pero tras transitar por el sinfín de comisiones y despachos, el resultado quizá no sea exactamente ése, sino su contrario.
 
Pero la cosa está ya lista y a punto de echar a andar, siempre que el Tribunal Supremo checo resuelva un recurso pendiente con menos dilación que la demostrada por el Tribunal Constitucional español; lo que es bastante probable.

El resultado previsible es la dilución cada vez más absoluta de la Unión. Lo que tiene de magnífico la UE –la creación de un espacio de libre comercio con supresión de aduanas interiores y creciente liberalización de intercambios de personas, bienes, servicios y capitales, y una serie de reglas de derecho que obliguen a funcionar a los Estados con respeto a la ley– se compensa con creces con lo malo: todo lo demás.

Por ejemplo, ante la crisis económica la mayoría de los países, por no decir todos, están incumpliendo el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Las ayudas de Estado han proliferado, a pesar de estar prohibidas por el tratado, como vulneraciones a sus principios más básicos, para recuperar a empresas y bancos. Se han restringido las transferencias de un Estado a otro privilegiando el proteccionismo y la defensa de lo propio, que es una de las plagas contra las que se originaron las comunidades. Ninguna de las medidas, inútiles por otra parte, que se han propuesto para impedir ciertos negocios de los bancos o sus salarios lo han hecho por la vía comunitaria, etc., etc.

Se supone que la UE no funciona por la regla de la unanimidad en demasiadas materias, pero la realidad es que pocos asuntos claves quedan paralizados por la unanimidad. La razón de su paralización es política y no administrativa. Ningún experimento de ingeniería burocrática hará avanzar hacia una unión más estrecha. O sea, que lo más probable es que funcione tanto o menos que ahora.

Es decir, la conclusión seguirá siendo la misma que hoy. Los problemas de Europa proceden del ámbito de las costumbres: de la insuficiente relevancia actual de la familia, la vocación o la religión. De la preponderancia o aun exclusividad de las ideas socialistas, nefastas económicamente y autodestructivas social e internacionalmente. De la demografía declinante como síntoma de las anteriores enfermedades.

Lo esencial en la vida, los sucesos elementales relativos al nacimiento, la muerte, la educación de los hijos, la realización personal de la vocación, el trato con la adversidad, las relaciones con los demás, se cumplen dentro de cuatro instituciones: la familia, la comunidad, la vocación y la fe. Desde esta perspectiva una política sana es la que garantiza la vitalidad de estas instituciones. El modelo social europeo ha fracasado en cada una de ellas.

En quince días celebraremos los 20 años de la caída del Muro. Contra el comunismo vivíamos mejor. Al menos teníamos una alternativa de libertad que proponer a la tiranía de la opresión. Hoy, perdidos en un burocratismo grisáceo y en las altas miras de contables con visera, caminamos tristemente en un nuevo materialismo agonizante que no tiene tanto que envidiarle al derrotado en 1989. Los europeos se han obsesionado por vivir sin preocupaciones. Lo han logrado. Su éxito es un fracaso. Enhorabuena por haberle hurtado vida a la vida.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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