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El legado de la Guerra Mundial

En la distancia y a corto Bush y Putin han estado manteniendo un sordo pero punzante debate sobre el verdadero significado de la victoria aliada en la segunda Guerra Mundial.

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Europa ha estado conmemorando la semana pasada la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial y Putin ha echado el resto para llevar el agua de los grandes fastos hacia su molino personal y ciertamente ninguna conmemoración en Europa es comparable al despliegue de 50 estadistas en Moscú. Pero mientras en Europa se estaba enterrando un pasado que la generación joven no conoce más que por el último capítulo de sus libros de historia de bachillerato, el líder ruso pugnaba por mantener viva esa memoria entre sus conciudadanos, como hizo de manera obsesiva el régimen soviético y con los mismos propósitos: Utilizar la gran tragedia bélica como fuente de legitimidad, no sólo para el régimen, el de entonces y el de ahora, sino también para su configuración geopolítica, entonces en el cenit de su expansión y ahora desmoronándose progresivamente.
 
Básicamente el tiro le ha salido por la culata y ello no dejará de tener consecuencias. Mientras que el inquilino del Kremlin vendía la idea de que los mismos ideales de “libertad y humanismo” animaban por igual a todos los aliados en el oeste y en el este y presentaba a Rusia como liberadora de los países que luego quedaron atrapados en el imperio de Stalin, no ha podido silenciar las voces que afirmaban que lo que para la Europa occidental fue una liberación para la oriental no fue más que un cambio de yugo. Como protesta los jefes de estado de Estonia y Lituania se quedaron en casa, mientras que los polacos y letones acudieron a la cita para proclamarlo. En la distancia y a corto Bush y Putin han estado manteniendo un sordo pero punzante debate sobre el verdadero significado de la victoria aliada en la segunda Guerra Mundial.
 
Ciertamente la contribución Rusa a la victoria fue tremenda. Unos 27 millones de vidas humanas, algo más de la mitad de la totalidad de los muertos en todos los frentes, europeos como asiáticos. 18 millones civiles, muchos objeto de la barbarie de los ejércitos nazis. Pero al menos 7 millones perecieron víctimas del terror estaliniano en el mismo fragor de la batalla. Y la carnicería fue en parte resultado de esas mismas prácticas terroristas ya antes de la guerra, cuando el déspota comunista desmanteló su propio ejército liquidando a lo mejor de la oficialidad rusa.
 
El triunfo de la libertad, por tanto, no lo fue más que a medias y las exigencias de la guerra obligaron a recurrir a métodos y tácticas de una gran dureza que sólo tiene sentido en el contexto del holocausto bélico que estaba teniendo lugar. Nixon le preguntó a Eisenhower si alguna vez lamentó las órdenes que había tenido que dar como general en jefe aliado y el ya presidente le respondió que lo que le hubiera atormentado habría sido consentir la victoria de un enemigo tan inhumano.
 
Puestos a extraer una lección de aquella experiencia permítasenos saquear las palabras del historiador Arthur Herman en National Review, porque mejor no sabríamos decirlo: “Esta es la lección básica: Que la libertad política desencadena una potencia material y espiritual en la que los dictadores sólo son capaces de soñar. Ese sueño de poder terminó para Hitler en los escombros de Berlín. Terminaría para los sucesores de Stalin 44 años más tarde en la misma ciudad, con la caída del muro. Hoy está finalizando para Bin Laden y Zarqawi en las calles de Bagdad. Deberían haber aprendido la lección de sus predecesores: Que el futuro todavía pertenece a la libertad”.
 
Por desgracia, la lumpen-progresía que por pura obsesión antiamericana -envidia cochina- está siempre dispuesta a defender -negándolo hipócrita o esquizofrénicamente- a los Noriega, Sadam, Milósevich, talibanes, Zarqawi, ayatolás o Kim Jon Il de este mundo, con armas de destrucción masiva o sin ellas, le importará un bledo la lección, demasiado absorta como está en denostar al gran satán americano de turno, preferiblemente si es conservador, o sea con cuernos y tufo de azufre.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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