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El ministro extremo

Bastante había enrarecido ya el normal funcionamiento, de Interior primero, y de medio Gobierno después, como para que ahora amenace disimuladamente, y en sede parlamentaria, a los medios de comunicación que no son de su agrado.

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El de ministro del Interior no es un cargo cualquiera. Exige del propietario de la cartera una imagen impecable ante la opinión pública. Quien dirige las FCSE debe caracterizarse por la seriedad, la sobriedad y la moderación públicas. Temple tranquilo, mesura, prudencia y fiabilidad hacia los ciudadanos. Estas virtudes no son condición suficiente de para un ministro del Interior: sí son condición necesaria en quien posee el monopolio del uso de la fuerza en una sociedad abierta.

El caso de Rubalcaba es distinto. Nunca ha aunado en su persona consenso alguno ni confianza general: sus antecedentes –marzo de 2004 y la portavocía en los años del GAL y la corrupción– lo convirtieron en un ministro del Interior polémico, al que buena parte de los españoles –si no todos– no dejaría jamás prestado un libro. Por si fuera poco, su nombramiento como piloto para blindar la negociación con ETA, su vergonzoso comportamiento durante los pactos con la banda, sus maniobras contra las asociaciones de víctimas, y su actitud hacia la oposición, lo convirtieron en un ministro bronco, agitado e intransigente, cuya imagen se asoció no sólo con la mentira, sino con el enfrentamiento entre los españoles. Ningún ministro del Interior de la democracia ha roto tantos consensos básicos como Rubalcaba. Y ninguno lo ha hecho con una visceralidad, una intransigencia y un extremismo como el que mostró Rubalcaba hacia los que se oponían a los tratos con ETA.

Por si fuera poco, y por si no hubiese ya mezclado los intereses del Estado con los de su partido –enrareciendo el normal funcionamiento de las instituciones– comenzó a mezclarlos con la despiadada carrera política que disputa con Carmen Chacón, que viene a su vez de sumir al ministerio de Defensa en una crisis sin precedentes. Hoy es ya imposible distinguir al ministro del Interior del fontanero socialista, del candidato a suceder a Zapatero, e incluso del hombre de Prisa en la política. Y son tantos y tantos los frentes del ya de por sí agitado ministro del Interior, está tan unido su futuro personal con el constitucional, que todas las cuestiones le son ya personales, todos los problemas trascendentales. No es que Rubalcaba no deba ser todas esas cosas; es que no puede serlo, sin ir por la vida rompiéndolo todo a su paso y creando crispación.

Bastante había enrarecido ya el normal funcionamiento, de Interior primero, y de medio Gobierno después, como para que ahora amenace disimuladamente, y en sede parlamentaria, a los medios de comunicación que no son de su agrado. Fue bochornosa la comparecencia de Rubalcaba el miércoles, poniéndose en evidencia tratando de burlarse y reírse de un diputado, con alusiones personales además. Más allá de esa falta de educación y respeto hacia un representante de los ciudadanos está el hecho de que en boca del ministro de Interior y vicepresidente primero –que manda sobre los cuerpos policiales y los servicios de inteligencia– la criminalización ideológica de medios de expresión legales y legítimos es una amenaza indirecta intolerable en un régimen democrático.

Podría pensarse que es debido a los nervios sobre su incierto futuro pero lo cierto es que no es la primera vez que Rubalcaba lo hace. Irresponsablemente o delictivamente. En las FCSE hay grupos dedicados a vigilar a grupúsculos fascistas y de ideología nazi. Dedicados a perseguir a la extrema derecha, en fin. Y ahora su jefe habla de medios de extrema derecha. ¿Van a investigar las FCSE a los medios legales que defienden ideas legítimas que su ministro equipara con grupos ilegales que defienden ideas ilegítimas? ¿Van a perseguir a Intereconomía o Libertad Digital? Se nos dirá que exageramos, pero lo cierto ha sido que el tema lo ha puesto sobre la mesa todo un ministro del Interior, que tiene policías dedicados a perseguir a la extrema derecha y que hace periódicamente insinuaciones muy claras. Nos da igual que Rubalcaba tenga o no que dimitir, se tenga que enfrentar o no a un proceso penal o muerda el polvo ante la candidatísima. Lo que consideramos inadmisible son sus amenazas crecientes, rudas y toscas a la libertad de expresión.

Rubalcaba es un ministro extremo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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