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El primer gran error de Zapatero

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Rajoy preguntaba insistentemente durante el debate de investidura de Zapatero qué es lo que pensaba hacer el nuevo Gobierno con las tropas en Irak. Pero Zapatero se escabullía tras vaguedades y cantos a una resolución de la ONU u otro organismo internacional. Muchos quisieron ver en esta ambigüedad de tan sólo hace tres días la búsqueda del presidente socialista de una salida honrosa al pésimo dilema en el que él mismo se había colocado prometiendo la retirada de las tropas si el 30 de junio la ONU no tomaba las riendas de la situación. Se decía que Zapatero había aprendido del error del 82 y que reduciría a mes y medio lo que Felipe González tardó cuatro en cambiar: de su rechazo inicial a la OTAN a la pertenencia a la misma.
 
En realidad Zapatero ha demostrado tener muy presente aquella decisión, pues lo que ha hecho es evitar la lluvia de críticas internas que le valió a González su vuelta de calcetón otánico, de su “OTAN de entrada no” a su “OTAN de salida no”. Zapatero ha sido fiel a su promesa, a pesar de que eso sea una auténtica estupidez. Nadie le podrá acusar de cambiar de posición en pocos días, aunque se arriesga a que todo el mundo le tache de irresponsable. Pues no es otra la naturaleza de la decisión que ha tomado. Y que la ha tomado, además, sólo 48 horas después de no haber querido admitir que, a pesar de cuanto ha dicho de la cobertura de la ONU, estaba decidido a salir de Irak, con ONU, sin ONU, con OTAN o sin OTAN. Ya se lo avisó Bono a Rumsfeld. Pero aquí la alegría del cambio oscurecía la realidad.
 
Zapatero siempre ha dicho que la guerra fue injusta e ilegal y que no había dado resultados positivos. En todos sus juicios está equivocado, salvo que de verdad prefiriera a Sadan antes que la situación actual. Pero su mayor error no es su caracterización de la guerra, sino que no ha avanzado nada en su pensamiento desde hace más de un año. La guerra y sus causas son cosas del pasado y lo que está encima de la mesa ahora es cómo librar a Irak de insurgentes y terroristas y cómo hacer la vida de los iraquíes algo digno y próspero.
 
Lo que ha decidido Zapatero es hacer oídos sordos a dos cosas muy importantes: la primera, las voces de los propios iraquíes, quienes cada vez que tienen la posibilidad de expresarse con libertad dicen lo que piensan y esto no es más que su alegría por haberse librado de un carnicero, su preocupación por el presente, su malestar por que la reconstrucción, a causa de la guerrilla, no avanza al ritmo que quisieran y su entusiasmo por lo que entienden será un futuro mejor. Lo dicen todas las encuestas. Como también reflejan que les gustaría que las fuerzas de la coalición cedieran su protagonismo a una autoridad auténticamente iraquí, a la vez que son conscientes de que, para su seguridad, son imprescindibles y quieren que se queden. A todos ellos, Zapatero les ha dicho simple y llanamente no, allá vosotros y vuestros problemas.
 
La segunda cosa es la lucha contra el terrorismo. Zapatero ha tomado el camino de la miopía para interpretar que el derrocamiento de Sadam nada tiene que ver con la guerra contra el terror, habida cuenta de la falta de claras conexiones entre Sadam y Al-Qaeda. Pero la verdad es que sí que hay una gran relación estratégica: el terrorismo no es únicamente una cuestión de eliminar a los líderes y agentes del terror, sino muy significativamente, eliminar el flujo de aspirantes a terroristas. Sadam era un importante obstáculo en ello. Puede que no el más importante, dado que Arabia Saudí e Irán contribuyen más y más directamente a alimentar el odio y la violencia islamista, pero posiblemente era el eslabón débil de una cadena que sólo se puede entrever con su caída. Un Irak democrático es una fuente de cambio y transformación en toda la zona de Oriente Medio, que es la fuente del terrorismo global, como sabemos.
 
En ese sentido y, muy especialmente, porque Zapatero ha marginado de su análisis todo lo que ha pasado en España desde el 11-M, incluida la reivindicación de Ben Laden, no es de extrañar que desde fuera se vea a nuestro país como una nación que ha optado y cree en el apaciguamiento. Todos deberíamos saber a estas alturas, aunque sólo fuera por la experiencia directa con ETA, que es imposible apaciguar a los terroristas. Las mentes moderadas de aquí y allá han creído durante unas semanas que sí se podría apaciguar a los apaciguadores pero también se han equivocado. Zapatero entiende Irak desde sus preocupaciones domésticas, le da igual los iraquíes o los aliados. Lo que le preocupa es que su electorado no sólo es de izquierda radical en buena parte, sino que cerca de dos millones que le dieron la diferencia frente al PP son un electorado altamente volátil, que no le es fiel y que le abandonará en cuanto vea flojera en sus promesas más radicales, como la de Irak. Particularmente, si quiere validar su victoria en las elecciones de junio al Parlamento Europeo. Un segundo factor es que está convencido de que Bush no va a ganar las presidenciales americanas de noviembre y que tiene todo este tiempo para saltarse a la torera compromisos internacionales, en la esperanza de que con Kerry las cosas serán distintas.
 
Zapatero se ha equivocado en todo hasta ahora y es posible que siga equivocado en sus planteamientos de futuro. ¿Qué pensará decirle a Bush, si gana, cuando logre que le reciba, si es que lo logra? Y ya puestos, ¿cuánto tardará en traer las tropas de Kosovo, otra ocupación que se hizo sin la ONU? La España de zapatero es, aunque él no quiera admitirlo, una España  de provincias, cateta y, lo que es peor, menguante.
 
GEES: Grupo de Estudios Estratégicos

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