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El sueño dorado de los talibán

La estrategia de defensa pasiva de Zapatero, Chacón y la cúpula militar pasa por sólo repeler ataques cuando se producen y blindar las bases y los vehículos con todo tipo de dispositivos defensivos.

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La presencia española en Afganistán ha terminado por ser un fracaso, y que éste sea colectivo no lo hace menor. Los dos últimos ataques contra las tropas españolas en Afganistán, que se han cobrado dos muertos y graves heridos con horribles mutilaciones, coinciden con el anuncio de todo Occidente –de Estados Unidos para abajo–, de la retirada de aquel país. Nosotros queremos dejar la guerra; nuestros enemigos no. Así que ellos ganan y nosotros perdemos.

Zapatero se volcó en Afganistán por dos razones. Primero, porque obsesionado por Aznar, defendió que Afganistán era "la guerra buena" frente a la de Irak; fue tan patética su huida de este país que tenía que mostrarse fiable en el primer sitio que tuviese a mano. Y segundo, porque dejó tan maltrecha la relación transatlántica, y le era tan necesario el planetario encuentro con Obama, que comprometió a nuestras tropas con un redespliegue en la línea del esfuerzo pedido a finales de 2009 por la Casa Blanca y la OTAN para acabar cuanto antes con la presencia allí.

Era lógico y necesario comprometer a nuestras tropas en la guerra contra los talibanes hasta forzar su derrota, como el GEES defiende desde 2001. Pero el pacifista Zapatero nunca ha pensado en nada así. Nunca ha querido que nuestros soldados combatan al enemigo, lo persigan y acaben con él, única manera de ganar una guerra como la afgana. Porque lo suyo, lo de Bono el de "prefiero morir a matar", Alonso el ausente y Chacón la omnipresente, es la cooperación, la Alianza de Civilizaciones y el apaciguamiento. Mal casa ello con la guerra. Y peor con la victoria.

Así que la aportación de Zapatero al esfuerzo pedido por Obama a partir de 2010 consistió en expandirnos. En el último año, lo hemos hecho más allá de Qala-i-Now, hacia el Este y el Norte, construyendo pequeños puestos avanzados –para reforzar la "ruta lithium" y la "ring road" a su paso por nuestra región– y reforzando la seguridad pasiva de nuestros convoyes. Mas tropas, más espacio y más exposición, paliado con más autoprotección. Pero la misión y las reglas de enfrentamiento han seguido siendo las mismas: no tomar la iniciativa, no actuar ofensivamente, no buscar a nuestros atacantes.

La estrategia de defensa pasiva de Zapatero, Chacón y la cúpula militar pasa por sólo repeler ataques cuando se producen y blindar las bases y los vehículos con todo tipo de dispositivos defensivos. Lo cual lleva fallando mucho tiempo por una simple razón: el enemigo también cuenta. El discurso triunfalista de Chacón y del JEME sobre la seguridad es imprudente, porque mientras nosotros mejoramos los blindajes contra las bombas, nuestros enemigos mejoran las bombas para perforarlos. Y el resultado de los últimos días no deja lugar a dudas: han encontrado con cierta facilidad la forma de volver a reventar nuestros vehículos.

Lo cual era perfectamente previsible, porque la única forma de acabar con los ataques de los talibanes es acabar con los talibanes mismos, algo que nuestros soldados tienen prohibido. El problema es de raíz, de la concepción misma de la guerra y de nuestro papel allí.

Y lo malo no es lo pasado, sino lo futuro. Por mucho que les hayamos comunicado que nos retiramos, los talibanes quieren seguir atacándonos, sabiendo que nosotros no haremos lo propio con ellos. Y además saben cómo, porque en los últimos meses, sólo la suerte y la pericia de nuestros soldados han evitado más tragedias. Y es que hasta que nos vayamos somos el sueño dorado del talibán.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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