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El suicidio de España

¿Pero qué se está haciendo para que el emigrante se integre en nuestra forma de vida? Clases de castellano subvencionadas por los impuestos locales y de las comunidades autónomas.

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Al ciudadano español apenas le ha querido su Estado. Hace años, cuando uno llegaba de un viaje al extranjero, debía hacer la misma cola ante la Policía que cualquier emigrante o turista de otro país, pues no se diferenciaba al nacional del resto de mortales. En esos tiempos, los británicos tenían su acceso diferenciado de vuelta a su país, al igual que norteamericanos o egipcios. Estos últimos, por ejemplo, contaban con tres ventanillas de inmigración distintas: para sus nacionales, para otros árabes, y para el resto. Los españoles sólo nos hemos visto distinguidos de los demás bajo el paraguas de ciudadanos de la UE, que es la única diferenciación que el Estado español, cuyos gastos sufragamos nosotros, ha tenido a bien realizar.

La cosa sólo sería objeto de chascadillo si no revelara una actitud más profunda que amenaza con acabar con la identidad española. ¿Qué es lo que es, representa y significa hoy en día ser español? Bien simple: ser español es todo aquel nacido de padres españoles, todo deportista de elite al que el gobierno se lo concede y todo residente legal en España que, transcurrido cierto tiempo, decide demandar la nacionalidad española. Bueno, también los hijos de emigrantes ilegales que demanden nuestra nacionalidad y que hayan nacido en nuestro suelo. Si además tenemos que el procedimiento burocrático para conceder la nacionalidad y el pasaporte español es un mero trámite administrativo (un juramento genérico a la constitución del 78, normalmente en una sala cutre y carente del más mínimo rigor), resulta ser español prácticamente quien quiere, independientemente de su procedencia, cultura, actitud o lealtad hacia nuestra historia y nuestras instituciones.

El problema de la explosión migratoria de la que somos sujetos recipientes es que estamos abriendo la puerta de par en par a una ola creciente de futuros españoles a los que no se les exige ser como nosotros en nada. El tirón económico todo lo perdona y justifica y en la España actual se ve al emigrante solamente como un factor de producción (aunque también lo sea, y mucho, de consumo de nuestro sistema de bienestar). Pero obrando así se deja de lado, se olvida de hecho, que ese factor económico debe entender sobre todo como un futuro potencial ciudadano de nuestra nación. ¿Pero qué se está haciendo para que el emigrante se integre en nuestra forma de vida? Clases de castellano subvencionadas por los impuestos locales y de las comunidades autónomas. Pero que aprendan y se manejen en nuestra lengua es un requisito básico sin el cual no pueden darse más pasos para la asimilación. Deberían reconocer los hitos de nuestra historia y poder llegar a identificarse con nuestras instituciones, desde los héroes nacionales, si es que nos quedan, a los organismos de nuestro sistema político. Nada de eso se hace ni nadie se plantea llegar a hacerlo.

Ese el principal problema a largo plazo de la emigración hacia nuestro país. Ahora somos todos muy felices porque el grueso de emigrantes proviene de Iberoamérica (aunque el principal país exportador de emigrantes es Marruecos) y tienden a parecerse mucho a nosotros, aunque sea en lo superficial. Pero a la larga, si los hijos de colombianos o salvadoreños, por no decir los de marroquíes o rumanos, no conocen nada de nuestra historia, habremos perdido nuestra memoria histórica, un elemento clave para la supervivencia del concepto y la cohesión nacional. Es más, Madrid en 20 o 25 años será como Los Ángeles hoy (y da igual que los pandilleros vengan de Mexico y hablen castellano, siguen siendo pandilleros) y el hecho de que para entonces Los Ángeles sea como Juárez no puede servirnos de consuelo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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