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El vecino del sur

Marruecos es pieza esencial en la democratización del mundo islámico. Es el país que tiene más probabilidades de éxito. Pero nuestra política no debe ser de complacencia frente a los muchos déficit de libertad que aún subsisten, sino de exigencia

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La visita del Rey a Marruecos está siendo utilizada por el Gobierno socialista para poner de manifiesto el buen momento de las relaciones bilaterales en contraste con la crisis que protagonizó Aznar. La cooperación de Marruecos en materia de inmigración ilegal, narcotráfico y terrorismo será sin duda una buena noticia en caso de que se produzca. Pero el Gobierno se equivoca al alentar la crítica marroquí al anterior Gobierno por el hecho de que este defendiera con firmeza nuestros intereses y la soberanía española sobre determinados territorios. Tratar de desprestigiar al PP por la actuación del anterior Gobierno en la crisis de Perejil no es más que debilitar gravemente la posición española en el futuro.
 
No es posible tampoco que la buena relación con Marruecos se construya sobre la base de sacrificar los legítimos derechos del pueblo saharaui, como parece que el tándem Zapatero/Moratinos se planteó en un primer momento. Ese cambio no sólo sería una nueva traición histórica, sino que se volvería radicalmente en contra de los intereses estratégicos de España en la zona. Es un precio que no podemos pagar por importante que sea nuestra relación con el vecino.
 
En todo caso, habrá que esperar para ver si tras las palabras de buena voluntad y los gestos de buena vecindad vienen los hechos que nos permitan avanzar en la solución de los problemas reales. El más prioritario es sin duda la lucha contra la inmigración clandestina. El cambio en el clima de la relación no ha servido por el momento para detener el flujo constante de embarcaciones que pretenden llegar a nuestras costas cargadas de inmigrantes ilegales. La perdida de vidas humanas, con las que el PSOE hizo tanta demagogia en la anterior Legislatura, sigue siendo un drama casi cotidiano.
 
Marruecos anuncia que va a desplegar tres mil nuevos soldados en las costas del Sahara para evitar la inmigración. No es descartable que pretenda utilizar esa coartada para aumentar su presencia militar en un territorio que no le pertenece. Pero en todo caso, más que exigir a Marruecos que controle unas costas de miles de kilómetros y unas fronteras con sus vecinos de otros tantos miles, lo que debe exigir el Gobierno español es que respete el acuerdo firmado mediante el cual tiene que admitir a los nacionales de terceros países que hayan penetrado en España desde su territorio. Con esa medida tan simple el flujo de subsaharianos se reduciría de forma más que notable en los próximos meses.
 
En segundo término, es exigible a Marruecos que ponga fin al cultivo masivo de cannabis que se realiza en el norte del país. Todo el hachís que se consume en Europa tiene su origen en Marruecos y es comercializado al resto de los países europeos desde España. Es necesario acabar con esa poderosa industria criminal que es foco permanente de corrupción y delincuencia y que está introduciendo al oscuro mundo de las drogas a muchos millones de jóvenes españoles y europeos. Para ello hace falta un compromiso fuerte de la Administración marroquí que rompa el círculo de complicidades que existe hoy en torno a este tráfico.
 
La cooperación contra el terrorismo es especialmente delicada. Es preciso acordar una estrategia conjunta, lo que no será fácil dada la diferente mentalidad que tienen las agencias de inteligencia y seguridad a ambos lados del Estrecho de Gibraltar para enfrentarse al problema. Hay que actuar con prudencia porque no es descartable que alguna de esas agencias pueda estar infiltrada por islamistas. España no debería consentir ser golpeada otra vez brutalmente desde el sur sin previo aviso. Debe hacerse todo lo humanamente posible para que un 11-M no vuelva a ocurrir.
 
Marruecos es pieza esencial en la democratización del mundo islámico. Es el país que tiene más probabilidades de éxito. Pero nuestra política no debe ser de complacencia frente a los muchos déficit de libertad que aún subsisten, sino de exigencia. España tiene más interés que nadie en un Marruecos prospero, democrático y estable. Toda la colaboración posible debe darse, pero desde la exigencia de que nuestra ayuda sirva para una verdadera transformación democrática de la sociedad marroquí y no para la perpetuación de sus defectos autoritarios.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos

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