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En defensa de Guantánamo

A Guantánamo lo que se le debe exigir es un trato humano para los detenidos, y eso se está cumpliendo.

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Pocas cosas pueden creerse de un secretario general que se aferra a su puesto y se niega a admitir su responsabilidad en el escándalo de la gestión del programa que él dirigía. "Petróleo por alimentos" que permitió a Sadam jugar con las Naciones Unidas y a sus familiares (los de Kofi Annan, no sólo los de Sadam) enriquecerse ilegalmente. Ahora el secretario general de la ONU pide solemnemente el cierre del centro de detención de terroristas que los Estados Unidos mantienen en Guantánamo, su base militar en suelo cubano. Su petición se sostiene sobre el informe de unos expertos que han trabajado para la ONU en los últimos meses y que, eso sí, nunca pisaron la base de Guantánamo porque no quisieron sentirse "corrompidos" por una invitación de la administración de George W. Bush.

Que Guantánamo es una anomalía es algo que nadie discute. Pero es a causa de que la guerra contra el terror, esto es, las acciones de respuesta que los americanos han puesto en marcha tras encajar los ataques del 11 de septiembre, se enmarca en un conflicto de nuevo tipo y para el que el derecho de la guerra al uso, con sus convenciones de Ginebra, no encuentra aplicabilidad.

La comunidad internacional podía haber reaccionado ante la creación de Guantánamo con una revisión de las categorías jurídicas en un intento de adaptar el marco legal a la nueva realidad, la de los nuevos combatientes que no son regulares, ni son militares, ni están bajo la autoridad o bandera de un estado reconocido. Sin embargo, se ha inclinado por criticar nuevamente a Norteamérica y habla de aberración en el mejor de los casos.

Ahora bien, cuando se pide el cierre de Guantánamo, ¿qué se está queriendo decir en realidad? Se supone que no el traslado de los detenidos desde esa base a otra instalación Dios sabe dónde y en manos de unos carceleros menos considerados. Se supone que como esa no es la opción, lo que se está pidiendo, en última instancia, es la liberación de los detenidos, radicales islámicos al servicio de Al Qaeda y de los talibanes, cogidos con las manos en la masa en operaciones de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Liberar a estos presos sería tanto como perder una base de información, dar un mal ejemplo a todos los jihadistas que todavía siguen vivos o libres y permitir que estos detenidos pudieran incorporarse nuevamente a sus filas para llevar adelante nuevos atentados contra Estados Unidos y Occidente. En suma, sería regalarle una potente baza al enemigo, un enemigo que sigue empeñado en derrotarnos a golpe de bombas y actos de terror.

A Guantánamo lo que se le debe exigir es un trato humano para los detenidos, y eso se está cumpliendo. Se les alimenta –y bien, como atestigua que todos han ganado peso–, se les cura y trata médicamente (el dentista es quien más trabajo tiene para sellar las múltiples caries con las que vivían) y se les permite la oración. Eso sí, con el respeto que impone estar tratando con asesinos que no se arrepienten y que sólo esperan poder volver a la jihad para ganarse el cielo con sangre de infiel. Esto es, con nuestra sangre.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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