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Esbozo de una defensa europea

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La Conferencia Intergubernamental clausura sus sesiones y nos deja dos importantes decisiones en materia de política de seguridad y defensa.
 
En la cumbre de Salónica Javier Solana presentó un borrador de Concepto Estratégico. Por primera vez la Unión sentía la necesidad de edificar sus políticas exterior y de defensa a partir de un acuerdo sobre cuáles son las amenazas que caracterizan nuestro tiempo y qué políticas debemos aplicar para hacerles frente de forma eficaz. Esa necesidad tenía mucho que ver con las graves divisiones internas puestas de manifiesto durante la crisis de Irak. El borrador, que fue entonces aprobado por los estados miembros como punto de partida, se ha convertido ahora en documento oficial. Lo que en el primero de los textos eran conceptos relativamente claros, muy influidos por los documentos estratégicos de la Alianza Atlántica y de EEUU, aunque ambiguamente desarrollados para lograr el máximo consenso, se ha transformado en la versión final en una amalgama de ideas, carentes de una lógica estratégica pero fiel reflejo del  peso de los sentimientos contrarios al uso de la fuerza en las relaciones internacionales.
 
De forma sorprendente, los europeos reconocemos las mismas amenazas que los norteamericanos, pero creemos ser capaces de hacerles frente con una combinación de diplomacia, comercio e inteligencia. No se niega el uso de la fuerza, pero el redactor ha tenido exquisito cuidado en no hacer apenas referencia a esta posibilidad, insistiendo en los medios ya citados. Probablemente los éxitos cosechados hasta la fecha por la diplomacia europea en la democratización y modernización del próximo y medio Oriente, áreas de constante intervención, han llevado a esta conclusión.
 
El nuevo Concepto Estratégico, convertido en una simple declaración de principios, carecerá de utilidad en la planificación militar, por su vaguedad y falta de precisión.
 
La segunda gran aportación de la Conferencia Intergubernamental es la creación de una célula de planificación en el estado mayor de la Unión. Quedan aparentemente atrás los planes originales de franceses, alemanes, belgas y luxemburgueses de establecer un Cuartel General en Tervuren, en las afueras de Bruselas. El desembarco de Blair, aterrado ante la posibilidad de quedar excluido del núcleo de decisión de todas las grandes políticas de la Unión —recordemos que el Reino Unido está fuera del euro y de Schengen— ha permitido reconducir parcialmente la situación. Se ha abandonado la idea del Cuartel General, aunque llegado el caso podría utilizarse cualquiera de los existentes en los estados miembros; se ha reconocido la primacía de la Alianza Atlántica, y establecido enlaces entre los Estados Mayores de ambas organizaciones. Pero el núcleo de la iniciativa franco-alemana ha salido adelante: establecer el primer peldaño de una defensa autónoma. No estamos ante un problema militar o de seguridad, sino exclusivamente político. Se trata de crear una estructura distinta de la Alianza Atlántica, donde no este presente EEUU y justo después de la campaña de Irak, como clara y decidida respuesta de los estados que se opusieron a la guerra.
 
Los europeos hemos aprobado un documento estratégico en el que reconocemos que sólo en circunstancias excepcionales necesitaremos usar la fuerza para garantizar nuestra seguridad y, coherentemente, hemos aumentado nuestro gasto en administración militar a costa de las capacidad que no tenemos.

 

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