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Europa, en sus horas más bajas

En el fondo todos los europeos sabemos qué está pasando, aunque nos neguemos a reconocerlo ante nosotros mismos. No es la primera vez que tratamos de engañarnos. Esperemos que en esta ocasión el resultado no sea tan desastroso como en los años treinta.

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A lo largo de la Historia son muchos los ejemplos que encontramos de graves errores cometidos por distintas sociedades, con consecuencias graves, cuando no fatales. Sin embargo, las situaciones más patéticas son aquellas en las que un pueblo, acobardado por las amenazas que sobre él se ciernen, decide conscientemente ignorar la realidad y desarrollar un discurso, ajeno por completo a lo que en verdad sucede, para encontrar en él sosiego. A veces, este subterfugio lleva a comportamientos altivos, despectivos con todo aquél que no lo comparte. Tristemente, en esta patética situación nos encontramos los europeos.

Cuando Estados Unidos se declaró en Guerra contra el Terror, los europeos se apresuraron a comunicar que no iba con ellos, que no estaban en guerra contra nadie y que los problemas de terrorismo eran estrictamente policiales. Fieles a esta decisión unilateral, que ignora conscientemente las declaraciones en sentido contrario de al-Qaeda y de otras organizaciones islamistas, se ven en la obligación de atentar continuamente en sus argumentaciones contra el sentido común.

El 31 de Julio el Consejo de Seguridad ha aprobado la resolución 1696 (2006), con el pleno apoyo europeo, por la que se comunica a Irán que de no cumplir con sus obligaciones, y tras leer el pertinente informe del Director General de la Agencia Internacional para la Energía Atómica, tomarán medidas. Es imaginable el pavor que entre los ayatolás ha podido surtir tamaña amenaza. Los europeos pueden estar orgullosos de su aportación a un orden multilateral y a la preservación del régimen de no proliferación. Esto sí que es disuasión. Tras haber despreciado Irán el ultimátum europeo y no haberse molestado por ahora en contestar al emitido por norteamericanos y europeos; después de que haya hecho declaraciones que son una clara amenaza para la preservación de la paz y de la seguridad internacionales, el Consejo de Seguridad ha dado, una vez más, muestras de su relevante papel en la preservación del orden internacional.

A pesar de las mentiras y desprecios iraníes, de su declarada voluntad de tener un programa nuclear y otro de misiles que van mucho más allá de las necesidades de su propia defensa, los europeos no quieren unir una pieza con otra, no sea que el puzzle resulte desagradable. El hecho de que los misiles iraníes, que pronto cubrirán con su radio de acción toda Europa, hayan sido adquiridos en el mercado norcoreano, no puede derivar en la estúpida conclusión de que existe un "Eje del Mal". Tampoco conviene sacar conclusiones exageradas sobre el papel jugado por Pakistán, y más en concreto por la red islamista dirigida por el Dr. Kahn, para dotar a distintos estados musulmanes de capacidad nuclear. Eso no puede interpretarse como una voluntad de las redes islamistas para acceder a la bomba atómica y utilizarla en sus planes hegemónicos.

Desde Europa resulta a todas luces evidente que la cuestión iraní, como la norcoreana, son casos aislados, totalmente independientes, que se enmarcan en el problema genérico de la no proliferación y nada más. La íntima relación entre Irán y el grupo terrorista Hezbolá no debe llevarnos a conclusiones desmesuradas, como que el actual conflicto libanés es sólo un movimiento en el tablero estratégico islamista dirigido desde Teherán, para bloquear los procesos democráticos en curso, capitalizar las simpatías populares sobre los grupos extremistas, poner en evidencia la incompatibilidad entre el mundo judeo-cristiano y el Islam, distraer la atención de su programa nuclear y desequilibrar a los regímenes moderados árabes. De hacerlo acabaríamos compartiendo la paranoia de los neoconservadores, evangelistas y reaccionarios yanquis en general que están convencidos de que viven en una Guerra contra el Terror.

La actual guerra del Líbano, la sexta en la historia de Israel, es uno más de los conflictos entre árabes y judíos, derivados, en gran medida, de la actitud arrogante de Israel, que ha ocupado territorios que no le pertenecen y que ha creído que con la fuerza se pueden resolver problemas. La sola idea de que ésta, a diferencia de sus cinco predecesoras, ya no es entre árabes y judíos sino entre islamistas y demócratas, que no va de delimitar fronteras sino de acabar con Israel y proclamar un Califato, es una exageración fundada en la propaganda islamista, a la que hay que hacer un caso relativo. Una vez más esa lógica siniestra nos abocaría a la Guerra contra el Terror y a la nefasta dialéctica neoconservadora, culpable directa de muchos de los males de nuestro tiempo. El problema reside en que Israel debe ser capaz de entenderse con sus vecinos, dialogar, ceder y llegar a un acuerdo estable, porque tanto Hamas como Hezbolá son actores respetables aunque algo radicalizados.

Los europeos podemos ser cobardes, odiar la democracia liberal y el libre mercado, rechazar la globalización, repudiar el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, condenar la alianza entre Estados Unidos e Israel y simpatizar con todo aquél que ponga en un brete el orden liberal. Pero no somos tontos. En el fondo todos los europeos sabemos qué está pasando, aunque nos neguemos a reconocerlo ante nosotros mismos. No es la primera vez que tratamos de engañarnos. Esperemos que en esta ocasión el resultado no sea tan desastroso como en los años treinta.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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