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Europa - Francia = Alemania

Hollande se hunde en las encuestas, hasta unas simas nunca alcanzadas por un presidente de la República.

GEES
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Tras las elecciones del pasado mayo, Francia iba a convertirse en el equilibrio perfecto para Alemania. Así lo anunciaba a bombo y platillo el progresismo. El crecimiento, se decía, era la prioridad de Hollande, frente a la inútil y poco ilusionante austeridad de la mala conservadora Merkel. La chorrada era tan mayúscula que la idea de gastar más para salir de un hoyo en el que nos había metido el gasto financiado con deuda fue denominado por Vargas Llosa una ficción maligna. Ficción porque era imposible y maligna porque no podía traer nada bueno.

Cuatro meses después, Hollande se hunde en las encuestas, hasta unas simas nunca alcanzadas por un presidente de la República. Quien iba a renegociar el tratado de estabilidad presupuestaria europeo ahora llama a la responsabilidad para convertirlo en derecho interno; quien iba a gravar las rentas superiores al millón de euros un 75% persigue ahora a los pocos que las ganan para que permanezcan en las fronteras del Hexágono; quien iba a crecer promete años de estancamiento.

Pero lo peor, para el francés, es la pérdida del orgullo. Si desde hace medio siglo, y hasta el año pasado con Sarkozy, Alemania necesitaba que Francia le diera la mano para presentarse ante el mundo civilizado y respetable, hoy representa a Europa y ni siquiera necesita un interlocutor con los países latinos, se vale ella misma.

La última manifestación de esta realidad tuvo por escenario el sur de Alemania, donde se reunieron los dirigentes de ambos países. Hollande fue a pedir a Merkel que apresurara la unión bancaria, a lo que la alemana contestó que los países tenían que cumplir con sus compromisos presupuestarios. Con ese eufemismo le dijo a París que no diera mal ejemplo. La ruptura del eje tradicional ha desembocado en la supremacía germana.

La tregua veraniega, en la que cuatro palabras de Draghi y el anuncio de un programa de compra de deuda condicionado hicieron más por las economías maltrechas que el dineral gastado por ingleses y americanos en la compra de sus propias deudas, ha dado una oportunidad a España.

Si se determina lo que necesitaría España para el rescate bancario, acaso no sea necesario acudir al programa de Draghi y baste el dinero destinado a la reforma financiera. Y si se controlara el déficit, para lo que ayudaría que el crecimiento económico estuviera basado en algo más que la exportación, el camino podría despejarse bastante.

Si la recapitalización bancaria es factible dentro de los márgenes del préstamo ya previsto –y este es un condicional de envergadura–, España podría recuperarse. No hay límites a lo que Europa puede lograr cuando no hay franceses enredando.

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