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Fallo de la Seguridad Nacional

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El presidente Rodríguez Zapatero insiste en que los cuerpos de seguridad del Estado y la comunidad de inteligencia no fallaron en el 11-M y que toda la culpa de entonces se debe al Gobierno de Aznar. Se equivoca. El Gobierno Popular, como otros gobiernos anteriores, tomaron sus decisiones sobre la base de lo que conocían. Y lo que sabían, en materia de terrorismo, le venía dado en buena medida por los servicios de información, del CNI, la policía y la Guardia Civil. Y todos ellos fracasaron estrepitosamente en la fase preventiva de los atentados. Y eso que tuvieron más de dos años para conocer lo que se estaba tramando.
 
El presidente Zapatero se contenta con echarle la culpa a los políticos del anterior gobierno y pretende salvar a los cuerpos de seguridad. ¿Por qué? No se sabe. Tal vez porque se apunte a ese prurito que tienen muchos líderes políticos de no querer tocar ni reformar .-aunque sea para bien- las instituciones del Estado. En el caso del actual presidente socialista mucho más grave cuanto que sólo entiende como respuesta al terrorismo la acción preventiva y policial. ¿Pero cómo confiar en que quienes fallaron escandalosamente –tanto que hay quien ve maniobras muy turbias detrás de todo el asunto- para prevenir el 11-M van a saber prevenir ahora, sin que nadie les haya señalado como en parte responsables y, por tanto, no se hayan producido ajustes alguno, otro nuevo 11-M?
 
Lo que nos ha enseñado el 11-M es que la inteligencia y la policía pueden cometer fallos, de lo contrario nunca habría sorpresas. Y que, precisamente por eso, hacer depender la seguridad nacional de esos componentes, es altamente arriesgado. Sobre todo si se tiene en mente que la próxima vez en lugar de trenes pueden atentar contra centrales nucleares, y en lugar de dinamita emplear otras sustancias mucho más mortíferas. Sin duda que la mejor arma para frustrar atentados es la inteligencia. Pero los terroristas saben –y Zapatero debería metérselo de una vez en la cabeza- que la inteligencia puede ser confundida con relativa sencillez si se tiene el empeño de hacerlo. De ahí que a los terroristas se les tenga que anteponer, además, alguna otra arma eficaz.
 
La represalia es la más clara. Aunque los ejecutores sean suicidas, hay toda una red de apoyo por detrás que tiene su localización geográfica y su materialidad; además están los grupos que le dan cobertura de todo tipo, desde bancaria a religiosa, por no mencionar los Estados que les apoyan directa o indirectamente. Contra todos ellos, así como contra sus cabezas maestras, se puede dirigir una política de disuasión. Sólo que para poder ponerla en práctica se requieren dos cosas que hoy no tiene Zapatero: los medios materiales para ejecutar una estrategia de ese tipo; y la voluntad de hacerlo. El problema último es que si el gobierno no adopta una política mucho más decidida y activa, quizá logre meter en la cárcel a algún terrorista más; pero se verá forzado a enviar muchos más telegramas de condolencia a las familias de las víctimas. Porque mientras la guerra se libre en nuestro suelo, seremos nosotros quienes más salgamos perdiendo.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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