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Gadafi, acorralado

La realidad sobre el terreno es una guerra civil, rebeldes contra gubernamentales, y la intervención no puede menos de apoyar a un bando, el más débil y menos militar, contra el otro.

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En poco fallaron los cálculos de Gadafi. Creyó que Obama, al que escribe llamándole hijo incluso bajo sus bombardeos, no haría nada o no lo haría a tiempo. Luego creyó que con proclamar inmediatamente el alto el fuego que se le pedía, ralentizaba la operación militar lo suficiente como para acabar su faena en la costa Este, conquistando Bengasi y enfrentando a la comunidad internacional con hechos consumados. Pero Obama, por si acaso, había dado órdenes a los militares, y éstos, a pesar de sus reticencias ante la operación, estaban preparados. Esa era la incógnita en el momento en que, el jueves 17, se aprobaba la resolución 1973 en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Las fuerzas han podido entrar inmediatamente en acción. Un Sarkozy sediento de relevancia internacional tomó incluso la delantera enviando sus aviones en socorro de Bengasi antes de que el cielo estuviese despejado. Ningún problema con los americanos, que se esfuerzan por ceder cuanto antes el protagonismo a los europeos.

La acción de guerra se desarrolla de acuerdo con los procedimientos familiares: comenzar eliminando las defensas aéreas, deshabilitar las pistas de los aeropuertos, inutilizar aparatos en tierra, destruir sistemas de comunicaciones, centros de mando y control, depósitos de combustibles y municiones. Si Gadafi tuvo alguna improbable posibilidad de ahorrarse esta destructiva fase inicial mostrándose sumiso, ya se ha esfumado. Su única ventaja es que la resolución prohíbe taxativamente que ningún soldado extranjero huelle suelo libio. Su desventaja es que la resolución no se limita a autorizar el establecimiento de una zona de exclusión aérea, sino que autoriza a utilizar "todos los medios necesarios". En las semanas precedentes se ha recordado mil veces las limitaciones inherentes a una zona de exclusión aérea. Los aviones del excluido no pueden volar, pero sus tropas terrestres pueden cometer toda clase de tropelías, como la masacres de los varones de Srbrénitsa, en Bosnia, en el 95, y las de los árabes de los pantanos y los chiitas del Sur de Irak en el 92. Pero en la ocasión actual, la generosa autorización implicada en "todos los medios necesarios" ha sido ampliamente utilizada en esa primera acción francesa contra tanques gubernamentales que atacaban Bengasi después de proclamado el alto el fuego. Los vuelos no se limitarán a la contemplación aérea. De facto también se impone un zona de exclusión terrestre y quizás bastante más. Una guerra aire contra tierra como la de Kósovo en el 99.

La acción militar se ha desarrollado hasta ahora impecablemente. A parte de toda clase de fuegos de artificio retóricos, a Gadafi no le queda más opción que denunciar muertos civiles que no parecen demostrables. Pero ya la Liga Árabe, cuya demanda de exclusión aérea fue decisiva en la voluntad de Obama y en las votaciones en el Consejo de Seguridad, ha empezado a hacer aspavientos. Como Sadam, Gadafi no tendrá escrúpulos en crear algún engaño para inducir a los aliados a que ataquen algún blanco aparentemente militar lleno de mujeres, niños y ancianos. La posibilidad de error o accidente está siempre al acecho. La autorización que Naciones Unidas ha dado a todos sus miembros que quieran intervenir es para "proteger a los civiles y las áreas pobladas por civiles amenazadas de ataque". Es decir, una operación puramente humanitaria. Una de esas cuadraturas de círculo a las que la inocente ingenuidad de las Naciones Unidas, que es la de sus estados componentes, nos tiene acostumbrados. Porque la realidad sobre el terreno es una guerra civil, rebeldes contra gubernamentales, y la intervención no puede menos de apoyar a un bando, el más débil y menos militar, contra el otro. Es más, los que han tomado la iniciativa han dejado claro antes y ahora, descontando las contradicciones de Obama, que sólo se puede cumplir la misión derrocando a Gadafi. Luego esa es la verdadera misión.

Nada se dice de lo que viene después, pero sigue vigente la regla de las tiendas de loza y porcelana, que Colin Powell recordó antes de Irak: Si lo rompes, es tuyo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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