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¡Gibraltar europeo!

Como quiere España, no puede haber colonias entre socios europeos. Como quiere Inglaterra, no se recuperará la soberanía sin implicar a los gibraltareños, que forman parte de la nación española

GEES
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Dos antiguos imperios con los dos idiomas más extendidos en el mundo se reunieron este martes en Londres. Rajoy acudió a la residencia oficial del primer ministro británico con dos asuntos, Gibraltar y la economía europea.

La propuesta española, admitida implícitamente por Cameron, a pesar de su calculado rechazo formal, trata de restablecer una situación que desequilibró Moratinos cumpliendo directrices zapaterinas. Se trataba de integrar a las autoridades del Peñón en las negociaciones sobre la soberanía cuando habían sido exclusivamente hispano-británicas. Había entonces muchas naciones en España. El Ministerio actual ha ideado la ingeniosa inclusión en estas discusiones, dada la dificultad de expulsar a quien incluyó Zapatero, a los habitantes del Campo de Gibraltar, para restablecer la equivalencia perdida. Como quiere España, no puede haber colonias entre socios europeos; menos aún, cuando la rendición de las últimas se hizo a un país no democrático y aún menos liberal como China. Como quiere Inglaterra, no se recuperará la soberanía sin implicar a los gibraltareños, que forman parte de la nación española. Se trata de partir de allí para procurar, primero el cumplimiento estricto del tratado de Utrecht hasta la natural devolución del territorio.

En cuanto a la economía, Inglaterra comparte con la eurozona el problema radical de Occidente: exceso de deuda y de intervención públicas. Orgullosa de su Libra, ha emprendido una política mesurada de combate de la situación. Se apuntó primero a la restricción del gasto público, compensándolo con la expansión monetaria del Banco de Inglaterra cosechando a tasas de inflación superiores al 5 por ciento, hoy en remisión, pero sin reducir un desempleo superior al alemán.

Sobrevolando la reunión estaba la carta escrita por once líderes europeos –Cameron y Rajoy entre ellos- sobre la combinación de la reducción del déficit con las medidas liberalizadoras que fomenten el anhelado crecimiento. Cobra protagonismo, así, la liberalización de los servicios, última de las libertades originales del tratado fundacional que no se ha llegado a cumplir plenamente. Se debió al ataque socialista contra la directiva Bolkestein, al que bautizaron siempre amablemente como Frankenstein, que lograron desvirtuar. Es de esperar que se profundice en este debate, en el que se ha integrado también Holanda, patria del injustamente insultado Bolkestein hoy retirado, pues no hay alternativa a la reducción del gasto para relanzar el crecimiento como absurdamente pretende hacer creer la izquierda. Al contrario, fue su propensión al gasto de lo ajeno la culpable de la situación. Pero es fundamental combinarla con la liberalización que genere crecimiento. Es lo más razonable a la luz de la reciente experiencia británica con la ineficaz expansión monetaria.

Es esencial que, en el concierto europeo, los países aporten sus éxitos económicos nacionales. Los hay tanto en Inglaterra como en España –vienen a la mente Thatcher, Aznar o Blair- y que se tome nota de las políticas que los propiciaron. También lo es –y una Inglaterra acosada por reivindicaciones nacionalistas lo comprenderá fácilmente-, que se quiera recuperar la firmeza respecto a la integridad española.

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