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Gore gana, la paz pierde

Que se lo den a Yasser Arafat o a Al Gore desprestigia, sí, a los Nobel, pero sobre todo a los realmente trabajan por la paz.

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Menos mal que le han dado el Premio Nobel de la Paz a Al Gore. Con lo peligroso que se está volviendo el mundo se lo podían haber dado a Zapatero por su Alianza de Civilizaciones, pero seguramente están esperando a que cuaje definitivamente el proyecto.

Si Michael Moore quiso demostrar que él era el gran experto en cuestiones de terrorismo con su película Fahrenheit 9/11, Al Gore decidió un buen día que quería ser el nuevo gurú del cambio climático y seguir la estela de la propaganda cinematográfica de Moore. En esta ocasión el alumno superó con creces al maestro con el oscarizado documental Una verdad incómoda. Todo gracias a una ristra de incómodas mentiras y de verdades infundadas.

Los propios informes del Grupo Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) demuestran que la película está llena exageraciones y de falsedades. Gore muestra en su cinta cómo la Antártica se descongela; el IPCC dice que las temperaturas allí están bajando. Gore pronostica que el nivel del mar superará los 20 pies; el IPCC que se incrementará entre 17 y 23 pulgadas. Este año el IPCC ha moderado su posición y producido unos informes más comedidos que los de 2001, cuando sus informaciones desataron las primeras alarmas sobre el calentamiento global. Mientras tanto, Al Gore se empeña en afirmar que la gripe aviar y la guerra en Darfur son consecuencia del cambio climático. Si resulta que no están de acuerdo en casi nada, ¿por qué les obligan a compartir el Nobel?

Se supone que el Nobel de la Paz debe ser entregado "a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz". Que se lo den a Yasser Arafat o a Al Gore desprestigia, sí, a los Nobel, pero sobre todo a los realmente trabajan por la paz.

En un mundo cada vez más peligroso, los soldados que luchan en Afganistán o en Irak hacen en un día mucho más por la seguridad del planeta que Al Gore y todos sus conciertos. También todos aquellos que intentan neutralizar a Al-Qaeda, Hezbolá, Hamás o cualquier grupo terrorista desperdigado por el mundo, los que pretenden evitar que Irán desarrolle su programa nuclear, los que contestan a Ahmadinejad cuando amenaza con barrer del mapa a Israel o los que creen en el uso de la fuerza no debe limitarse a la ayuda humanitaria.

En vez de galardonar el fundamentalismo climático, habría que premiar al general Petraeus por creer que la tarea en Irak es difícil, pero no imposible, o a Bush por su constancia en la lucha contra el terrorismo. Y que nadie se ofenda por estas sugerencias, porque lo de Al Gore sí que es un insulto.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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