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Hacer avanzar la democracia

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A los Estados Unidos se les ha acusado de querer militarizar la guerra contra el terrorismo internacional y no fijarse en las causas últimas que inspiran a los terrorismos. Esta crítica tendrá que empezar a cambiar. Desde noviembre pasado, cuando el presidente George W. Bush lanzase en el National Endowment for Democray lo que llamó su “estrategia para avanzar la democracia”, Washington se ha volcado en un programa amplio y multifacético para transformar progresivamente el Gran Oriente Medio, desde Marruecos a Afganistán, e introducir en la región los hábitos democráticos.
 
Los Estados Unidos han nacido en democracia, pero su propuesta no responde a que consideren este sistema político el estado natural de la vida social y política. Ahora proponen su iniciativa por un doble convencimiento: que el status quo en la región es insostenible; y que la situación actual, producto de gobiernos corruptos, regímenes religiosos autocráticos, pobreza, discriminación sexual y baja educación, amenaza con convertirse en un permanente caldo de cultivo de odios, interpretaciones fanáticas de la religión y, finalmente, nuevos terroristas islámicos. Por tanto, transformar el mundo musulmán, comenzando por Oriente Medio (en una definición geográfica amplia), es una necesidad estratégica de la estabilidad internacional del mañana.
 
La iniciativa del presidente Bush ha sido acogida con fuertes reservas. Por un lado, hay naciones europeas, antiguas potencias coloniales, que no desean ver un mayor protagonismo norteamericano en la región y que, en consecuencia, se resisten a dejarles la iniciativa de mayor calado político, económico y social, de los últimos años; hay quien se muestra pesimista acerca de la capacidad del mundo árabe para desarrollar los instrumentos y la cultura política que permita una convivencia basada en las normas democráticas. Esta es la posición mayoritaria entre los europeos, un profundo escepticismo en la exportación de nuestro sistema político al entorno musulmán.
 
Y, si embargo, curiosamente, lo que les parece imposible en el Gran oriente Medio, les parece perfecto para los millones de musulmanes que viven entre nosotros, en el suelo europeo de nuestras naciones. ¿Piensa Francia que sus cinco millones de musulmanes son irrecuperables para su sistema político? Rotundamente no. ¿Y Alemania? Tampoco, a tenor de la declaración conjunta realizada el pasado viernes en Washington con motivo de la visita del canciller Schroeder a George W. Bush, y donde ambos dignatarios reconocían que la tarea principal del futuro inmediato es la transformación del Gran Oriente Medio.
 
Por otro lado, algunos gobiernos de la zona, como el egipcio, han manifestado su reserva a un plan de cambios que les viene impuesto desde fuera. Y en buena medida es lógico. Pero la realidad es que los gobernantes árabes debían ya tener muy claro que hay poderosas fuerzas actuando en su contra y que favorecen su destitución y la imposición de regímenes religiosos radicales. El mismo Bin Laden no busca más que crear repúblicas islámicas en toda la región comenzando por Arabia Saudí, la custodia de los santos lugares. El cambio en la zona es imparable, sólo que puede producirse para el mal si no se ponen los medios adecuados antes. La iniciativa de Washington, en ese sentido, es una pieza esencial para un mejor futuro de la región y de todo el mundo. A España le interesa y debería apoyarla sin reservas. Al fin y al cabo fuimos los adalides del proceso de Barcelona y de iniciar un diálogo serio con la ribera Sur del Mediterráneo y podríamos contribuir con nuestra experiencia en lo que ha salido bien, algunas cosas, y lo que no ha salido tan bien, bastantes más. No se trata de frenar a los Estados Unidos, sino de ayudarles a ser realistas en un proceso de cambio que, para salir bien de verdad, exigirá grandes dosis de paciencia.
 
GEES: Grupo de Estudios Estratégicos

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