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Hacer que la economía deje de ser un problema

Zapatero ofreció en el Congreso su verdadera dimensión al inventarse una realidad y ofrecer a los españoles una mezcla de propaganda e irresponsabilidad preocupante. Ni sabe, ni contesta.

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En GEES no nos hacemos ilusiones: no hay muchos políticos de los que quepa esperar una sinceridad completa y una honestidad intelectual que permita llamar a las cosas por su nombre. Zapatero, por descontado, no está entre ellos y su comparecencia en el Parlamento esta semana no sólo es una prueba palpable de ello sino de una persistencia casi enfermiza en el error. Su actitud respecto a la crisis económica hace que pensemos que su actitud no se debe a una mala percepción sino a una falta de escrúpulos y a una conciencia laxa en lo que se refiere a la manipulación interesada de la realidad. Su antecedente inmediato es la mentira institucionalizada que puso en marcha con ocasión de los pactos con ETA.

Zapatero ofreció en el Congreso su verdadera dimensión al inventarse una realidad y ofrecer a los españoles una mezcla de propaganda e irresponsabilidad preocupante. Ni sabe, ni contesta. Pero no nos equivoquemos: Zapatero no hace como el avestruz que esconde la cabeza bajo el suelo para no ver el problema. Su intervención fue una reivindicación de su aspiración a convertirse en un líder mesiánico –por supuesto laico–, capaz de interpretar lo que le conviene al pueblo, y de obligarle a cumplirlo. Por eso su intervención en el Parlamento alcanza su sentido real en el congreso federal del PSOE. La economía puede ser algo imprescindible para los españoles: para ZP es sólo un factor más en su política de reeducación moral de los españoles. Por eso despreció olímpicamente cualquier debate sobre economía. Él está a otra cosa.

Por eso Zapatero no habló de los datos: que la inflación se ha disparado a más del 5%, que hay 200.000 cotizantes menos en la seguridad social o de que el consumo se derrumba. Esto le importa bastante poco. Lo que le importa es someter las mentes y los corazones de los españoles de manera que no exijan al poder una política económica de la que, por otra parte, tiene más bien poca idea. Él sabe bien, y la oposición debería planteárselo, que no es la economía, sino la ideología, la moral y la cultura, lo que realmente importa. Hablar de economía es para él un simple trámite.

No es culpa sólo de Zapatero. El miércoles su grupo parlamentario lo arropó cuando le aclamó tras el que probablemente sea el discurso económico más lamentable y más errado que un presidente ha pronunciado en la Cámara. Dice Zapatero, en el video para promocionar el próximo congreso federal del PSOE, que la historia de España se confunde con la del PSOE. Y de eso se trata: de fundir a los españoles con el programa ideológico del PSOE, que incluye un líder mesiánico, un poder absoluto del Estado y una sumisión del ciudadano o contribuyente. Más allá de esto, no existe un plan, no existen medidas, no existe voluntad de remediar la crisis.  

El miércoles en el Parlamento no se generó confianza y, lo que es peor, se dejó en evidencia a aquellos que pensaban que existía un plan, que se haría algo antes de que se alcancen los tres millones de parados o de que la inflación merme la renta disponible. No se hará nada. Porque la clave no estuvo el otro día en la Carrera de San Jerónimo, sino en el congreso socialista de hoy. Los millones de españoles afectados por la crisis deben saber que, como ya se afirmó en esta tribuna, el médico no tiene tratamiento porque ni siquiera tiene diagnóstico. Y no tiene diagnóstico porque ni siquiera le preocupa la enfermedad. Lo que le preocupa a ZP no es la salud económica de la sociedad española,  sino llevar a la práctica una lobotomía ideológica para administrarla, controlarla y manejarla. De lo que se trata es de hacer que la economía deje de ser un problema.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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