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Horror y oportunidad

El estelar momento que el horror le procura ahora fugazmente es también una efímera oportunidad de que el precipitado pan de la ayuda internacional de hoy llegue a convertirse en alimento para el futuro.

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Haití es país de infortunios donde los haya. De origen natural y de confección humana. Lo segundo agrava lo primero, no ya por la ausencia de estructuras gubernamentales efectivas con las que hacer frente a la catástrofe –como sucede en este mismo momento–, sino hasta en el plano físico de devastación de una naturaleza que se vuelve así especialmente vulnerable a las catástrofes que la asolan. La exuberante capa vegetal que la cubría ha sido hace tiempo arrasada y con ella la erosión se ha llevado el suelo que la nutría.

País paupérrimo, donde el 80% de la población subsiste con dos dólares diarios, sólo es paraíso para las ONGs extranjeras, que se cuentan por miles y actúan de la caótica manera que reproducen los usos locales. Junto a aquellas que están animadas por las mejores intenciones –de las que, a veces, el camino del infierno está empedrado–, hay otras que, como en todo el sector, se dedican simplemente al negocio de la ayuda internacional.

Fue la primera república independiente de América Latina y la primera negra del mundo. Esa delantera no le ha proporcionado ninguna ventaja, sino más bien al contrario. Una versión dice que los valientes esclavos que se rebelaron contra la poderosa Francia en un entorno geográfico donde subsistió la esclavitud durante mucho tiempo, fueron castigados por su desafiante osadía vez tras otra, sucediéndose a lo largo del tiempo diversos actores internacionales en la acción punitiva. Algo de verdad hay en ello, pero es también una manera de eludir la políticamente incorrecta teoría de que el abrumador peso de la herencia africana no preparaba precisamente al joven país para los mejores éxitos de la modernidad.

La sucesión de brutales dictaduras, destructivos levantamientos populares y crueles intervenciones extranjeras no han dejado al país levantar la cabeza desde sus mismos orígenes. Desde mediados del pasado siglo XX, los feroces Duvalier primero y más recientemente el demagogo sin escrúpulos Aristide, han hecho su poderosa contribución a mantener el país en el hoyo. La naturaleza no les ha ido a la zaga. Inundaciones en el 2004 en la parte agrícolamente más feraz del territorio y en el otoño del 2008 un rosario de cuatro huracanas seguidos. También afectaron a sus vecinos, pero esa vulnerabilidad provocada que antes mencionábamos, la endeblez institucional y la crónica ineficiencia hicieron que el país sufriese mucho más por los desastres.

Estas reiteradas malas noticias son las que aseguran la reaparición de Haití de vez en cuando en los informativos del mundo, porque desde el punto de vista internacional la única relevancia de esta media isla caribeña la proporciona su emigración legal y clandestina a los Estados Unidos. El estelar momento que el horror le procura ahora fugazmente es también una efímera oportunidad de que el precipitado pan de la ayuda internacional de hoy llegue a convertirse en alimento para el futuro. Dentro de un mes todo volverá a ser igual en los métodos y peor en las vivencias y en las perspectivas. Lo que Haití necesitaría, pero los mores y ortodoxias actuales le vetarán, es someterse a una cierta tutela internacional de un directorio de grandes donantes que, con la anuencia del país, consultado en referéndum, llevara de la mano en la reconstrucción del país a un Gobierno limpiamente elegido, empezando por sus estructuras políticas y normas legales.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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