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India, amigo nuclear

La India está en manifiesto ascenso y desde muchos puntos de vista su creciente poder puede ser complementario del americano; cada uno a lo suyo pero recorriendo un buen trecho en la misma dirección.

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La India es nuclear y Estados Unidos la quiere como amiga. Esa es la cuestión. La otra cuestión gemela es que no va a dejar de ser nuclear y no va a firmar el tratado de no proliferación y eso no hay forma de cambiarlo. Durante treinta y dos años Estados Unidos ha porfiado para apartar al gran país asiático del camino nuclear, al precio de proporcionarle un semi-aliado a la Unión Soviética y un líder a un movimiento de no alineados considerablemente alineado en contra de Washington. Entre 1974 y 1998 Nueva Delhi no realizó pruebas nucleares. Cuando lo hizo de nuevo, cogiendo por sorpresa a la inteligencia americana y a todas las demás, siempre falibles, Clinton impuso sanciones, como siempre en solitario. Que los americanos lo arreglen y de paso los ponemos como un trapo.

La India está en manifiesto ascenso y desde muchos puntos de vista su creciente poder puede ser complementario del americano; cada uno a lo suyo pero recorriendo un buen trecho en la misma dirección. Si no se pueden cambiar las cosas hay que aprender a convivir con ellas. Cambó, el gran político catalán y catalanista de la época de Alfonso XIII, decía que hay dos maneras de provocar el desastre: pretender lo imposible y oponerse a lo inevitable. El problema político es determinar con sabiduría cuando es el momento de abandonar aquella pretensión o esta oposición.

Ese problema se manifiesta en toda su crudeza en el paso que acaba de dar Estados Unidos firmando con la India un acuerdo de apoyo a su industria nuclear civil, en principio vetado por el Tratado de No Proliferación. Sólo se puede transferir tecnología a quienes lo hayan firmado, pero eso significa, fuera de los cinco privilegiados que coinciden con los miembros permanentes de Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, renunciar a la bomba. Sudáfrica, Argentina y Brasil lo han hecho. Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán entregaron a la Federación Rusa las armas soviéticas que se hallaban en su territorio. Esos son los grandes éxitos del régimen de no proliferación. Los que no firman no violan ningún tratado al seguir adelante con su desarrollo de las tecnologías militares. Corea del Norte, el Irak de Sadam y el Irán de los ayatolás sí lo hicieron, puesto que eran signatarios.

Ahora Bush dice que el comportamiento cuenta. El de Irán es deplorable mientras que la India ha actuado con responsabilidad. Esa distinción es muy importante en la práctica pero no está en negro sobre blanco en el texto del documento internacional. Casi cualquiera se sentirá mucho más tranquilo o, si se prefiera la versión negativa, mucho menos inquieto, con los terribles ingenios en manos indias que en las de los barbudos persas. A éstos nadie los privará de escandalizarse de la discriminación. Todos los seguidores del antiamericanismo tienen un nuevo tema con el que regodearse. Pero el acuerdo tampoco hace felices a muchos sinceros defensores del Tratado y tiene una difícil venta en el Congreso norteamericano, mientras que del lado asiático meridional a los más empecinados nacionalistas el convenio al que se ha llegado les parece que atenta contra la soberanía india. No podía ser de otra manera, eso es inherente a todos los pactos. Si son buenos se espera que lo que se cede por un lado se gane con creces por el otro.

Lo cierto es que Nueva Delhi pone la rama civil de su industria nuclear, 14 reactores sobre 22, bajo los controles que establece el Tratado, es decir, abiertos a las inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica de Viena. A cambio, el país rompe su aislamiento internacional en este tema y mete un pie en el régimen de no proliferación, aunque se quede con el otro fuera.

Algún día había que dar el paso. Si se ha hecho en el momento más adecuado y de la mejor manera posible se necesitará un poco de perspectiva para decirlo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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