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Irak, a gusto de todos

Don Pepiño Blanco asoma su esférica faz a la rectangular pantalla, para atizarle un bajonazo a los populares, a modo de conmemoración por los tres años de esa bendita guerra que tantas alegrías le ha proporcionado al partido del poder.

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La verdad es que la guerra sólo fue bien mientras fue guerra. Empezó a ir mal en cuanto dejó de serlo. Desde el punto de vista político, en último término el decisivo, resultó devastador que todos los servicios de inteligencia se tragaran el anzuelo de Sadam, pero con lo que se sabía y con lo que de él sabíamos sólo podía pensarse que las tenía y las ocultaba. Desde el punto de vista operacional hubo errores de inteligencia todavía más graves. El desconocimiento del grado de deterioro de los servicios públicos e infraestructuras básicas ha resultado un fallo garrafal pero todavía fue peor que no se detectaran los planes de resistencia del aparato de fuerza del sadamismo.

Posiblemente una vez más la explicación concierne más a las mentes que a las técnicas de los espías. No se ve aquello en cuya existencia no se cree. En Kuwait la lucha armada se esfumó tras la victoria. Posteriormente en Afganistán, tres cuartos de lo mismo. Numerosos son los ejemplos procedentes de la segunda posguerra mundial. Era problemático imaginar que unos vividores como los sicarios de Sadam fueran capaces de una lucha tan porfiada, si bien nada tiene de sorprendente el grado de inhumanidad con el que la han proseguido. Pero no tenían a donde ir, les sobraban las armas y el dinero y hasta el día de hoy han vivido aterrorizados por la factura que les pasaría el pueblo iraquí, la mayoría de la población, por las atrocidades sin cuento que durante treinta años habían cometido.

Pero si las guerras son indefectiblemente una sucesión de errores, incluidos los que desembocan en el estallido del conflicto, en este caso están multiplicados por dos, porque lo de Irak es en realidad un par de guerras. Por un lado la que allí se libra contra las varias formas de terror, el arabofascista local y el islamofascista internacional y, por el otro, la de los que utilizan la sangre de las víctimas iraquíes como arma arrojadiza contra la posición mundial de los Estados Unidos. O más domésticamente, contra el molesto papel de oposición que le corresponde al PP, o quizás más bien contra su fastidiosa y superflua existencia, que obstaculiza la merecida y más que natural mayoría absoluta perpetua que llevaría al PSOE a impensables cotas de democracia y apropiamiento del pastel; quien sabe si incluso a ajustarles las cuentas a sus insaciables socios comunistas e independentistas.

Así, mientras esto se escribe, don Pepiño Blanco asoma su esférica faz a la rectangular pantalla, para atizarle un bajonazo a los populares, a modo de conmemoración por los tres años de esa bendita guerra que tantas alegrías le ha proporcionado al partido del poder. Los de Génova, en repliegue y a la defensiva, balbucean una disculpa porque nunca se tomaron la molestia, salvo gallardas pero no gallardonas excepciones, de enterarse de qué iba lo de Irak. Por eso el conflicto iraquí va bien, pero que muy bien, para Zapatero y otros beneficiarios, como en su día Schröder, Chirac o Putin. No pudieron más que alarmarse del meteórico y limpio desenlace de las tres semanas propiamente bélicas, y el PSOE hubo de dolerse amargamente de que terminase como lo hizo antes de las municipales. Pero luego, por obra y gracia de quien todos sabemos, la fortuna dio un quiebro, y ahora don Pepiño Blanco lo celebra por todo lo alto hincando el diente en las blandas carnes del PP.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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