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Irak elige

En un año o menos habrá nuevas elecciones generales. El no muy eficiente Gobierno central tendrá que afrontarlas con un presupuesto menguante como consecuencia de la caída del precio del petróleo, que proporciona el 90% de los ingresos del Estado.

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Frágil, reversible. Así han matizado machaconamente todos los éxitos de los dos últimos años en Irak los máximos responsables americanos sobre el terreno, tanto militares como diplomáticos. Se curaban en salud pero también ponían con realismo las cosas en su punto. Las elecciones provinciales del pasado 31 de enero entran en la misma categoría. Un considerable éxito, pero no son el final de ningún camino ni lo despejan de manera decisiva.

Comparadas con las legislativas del mismo día cuatro años atrás, se han celebrado en un clima esencialmente pacífico, en el que la seguridad así como la organización del evento las ha proporcionado el Gobierno iraquí. Se temía que los restos de Al Qaida, que nunca ha cejado en su vocación de sembrador de muerte, pudieran celebrar el acontecimiento con un macabro do de pecho. No lo han conseguido.

La participación ha estado un poco por encima de la mitad del cuerpo electoral, lo que es muy aceptable. El conjunto de los resultados significa una disminución del componente religioso en la determinación de la vida política y un crecimiento de los nacionalistas más o menos laicos, así como de las fuerzas tribales, tanto entre chiíes como suníes. El principal ganador ha sido la coalición del jefe de Gobierno, Maliki, tras haber aguado un poco su militancia chiita, pero muy lejos de la mayoría absoluta en cualquier provincia. Los radicales y los enfeudados con Irán, con frecuencia la misma cosa, han retrocedido a ojos vistas. El fenómeno más inquietante es la intensa fragmentación partidista, que ha aumentado notablemente, lo que presagia larguísimos chalaneos para formar gobiernos provinciales y repartirse las posiciones de poder y sus correspondientes tajadas de presupuesto. Por contra, las raíces locales de los candidatos han contado más que sus adscripciones partidarias, lo que debería ser un factor positivo cara a la buena administración territorial.

Maliki no sólo ha puesto sordina a su componente religioso sino que además ha defendido con firmeza los colores nacionales. Su victoria relativa ha sido conseguida a costa del hundimiento de las pujas federalistas chiíes. Ha derrotado a su gran rival dentro de su campo religioso, el Consejo Supremo Islámico de Irak, muy vinculado a Teherán, que acariciaba la idea de agrupar las nueve provincias meridionales de mayoría chiíta en una entidad federada que controlaría la mayor parte del petróleo iraquí. Otro partido de la misma confesión pero de base territorial más restringida, el Fadhila, se proponía lo mismo con Basora, segunda ciudad del país en el extremo sur y las dos provincias limítrofes que constituían su feudo y en donde se localiza el mencionado petróleo, pero ha salido también malparado de las urnas.

En el plazo de un año o menos habrá nuevas elecciones generales. El no muy eficiente Gobierno central tendrá que afrontarlas con un presupuesto menguante como consecuencia de la caída del precio del petróleo, que proporciona el 90% de los ingresos del Estado, el cual es la fuente casi única de financiación de las administraciones locales. Fuera de la agricultura, el 70% de los puestos de trabajo son empleo público en cualquiera de sus niveles. El grifo de la ayuda americana está también cerrándose.

El nacionalismo centralista de Maliki significa unos pasos de acercamiento a los árabes suníes, pero al mismo tiempo de alejamiento de los kurdos, que lo habían apoyado hasta ahora y que no han celebrado estas elecciones en sus provincias. Así pues: frágil y reversible también en el terreno político, pero al mismo tiempo éxito indudable que merece seguir contando con el apoyo americano y empezar a contar con el de sus aliados europeos. Y no se trata de premiar unas buenas calificaciones, sino de apuntalar los intereses de la democracia a largo plazo. Se trata de la cuenta que nos tiene.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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