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Jaque a la reina

Todo apunta a que los superdelegados, jerarcas del partido y sobre todo congresistas (senadores y representantes) parecen haber decidido en sentido contrario al repunte de Hillary y las crecientes dificultades de Obama.

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La siguiente estación en el calvario de doña Hillary hacia la presidencia es el próximo martes en Carolina del Norte e Indiana. Como si fuera un premio a sus denodados esfuerzos, el incendiario pastor de la iglesia de Obama, con su agresiva teología de la liberación negra, se ha lanzado a una carrera de apariciones públicas que parecería urdida por la campaña de la senadora. Pero aunque la rutilante imagen del candidato vaya perdiendo lustre de semana en semana, nada parece hacer mella en sus fervientes seguidores, que todo lo echan a humo de pajas con tal de no perder la audaz esperanza que les ha hecho concebir: un nuevo Washington, una nueva política, un nuevo país, una nueva sociedad. Todo de riguroso estreno.

Las declaraciones del pastor Jeremiah Wright han tenido el carácter de una venganza contra su feligrés. Éste rechazó sus palabras cuando ya no pudo seguir eludiéndolas, pero no condenó a la persona, vejete cascarrabias y pasado de moda, pero entrañable miembro de la familia. Ese papel de vetusto tío estrambótico no gustó al teólogo y salió a ratificar lo dicho y a poner a cada uno en su sitio. Él habla como pastor, aunque no como uno cualquiera, y su ambicioso discípulo como el político que es, como uno más, como todos, por mucho que pretenda ser de una categoría distinta, superior, recién inventada. Respecto a que Estados Unidos creó el sida para difundirlo entre los negros, que el 11-S se lo ganó a pulso y otras revelaciones, todo es para él verdad de la buena.

Rematando su gradual distanciamiento por etapas, el político de color ha tenido que dar el último paso y condenar sin ambages a la persona, anulando buena parte de su esmerado discurso de Filadelfia, en el que envolvió su problema personal con Wright en más capas de teorizaciones raciales que las que tiene una alcachofa. Las fintas dialécticas de esta semana, analizadas desde mil ángulos, han inundado de tal manera los medios de comunicación y los corrillos políticos que la cita con las urnas del próximo seis ha quedado arrumbada. Pero la escaramuza ha contribuido al deterioro de la imagen del senador cuya estrella va poco a poco perdiendo brillo entre el público en general. En Carolina del Norte viene sucediendo lo mismo que con la precedente primaria de Pensilvania, pero a la inversa. Ahora es Obama el que ve diluirse de día en día su enorme ventaja inicial, que habiendo empezado por 25 está ya en un solo dígito. Mientras en Indiana, donde las encuestas daban a Hillary como perdedora por unos tres puntos, ahora lleva esa diferencia de ventaja.

Las tornas están ahora cambiando, pero demasiado tarde. Aunque las cosas sigan así hasta el final –el tres de junio–, es casi imposible que Hillary empate en delegados comprometidos, número de estados o votos populares, sin computar los descalificados Michigan y Florida. Los suyos pueden aducir otras métricas. No se privan de contabilizar a esos dos estados, lo que les da ya una pequeña ventaja en votos populares. Lo más significativo es que, salvo el suyo propio, Illinois, Obama no ha ganado ningún estado importante, de los que cuentan con muchos votos electorales en el sistema indirecto por el que los americanos eligen a su presidente. Y eso sí es grave y muy digno de ser tenido en cuenta por los superdelegados de voto libre, porque perfila a Obama como posible perdedor frente a McCain, lo que está siendo corroborado por las encuestas de carácter nacional.

Pero si las inminentes primarias han quedado eclipsadas por la historieta del pastor y su díscola oveja, lo que verdaderamente puede llegar a ser trascendental de lo acontecido en esta semana ha pasado casi por completo desapercibido. Todo apunta a que los superdelegados, jerarcas del partido y sobre todo congresistas (senadores y representantes) parecen haber decidido en sentido contrario al repunte de Hillary y las crecientes dificultades de Obama. El número electores de base que dicen que no votaran al otro si pierde su favorito sigue creciendo, siempre mayor entre los partidarios de Hillary. Pero así como los demócratas confían en que a la hora de la verdad esos resquemores queden superados, parecen también pensar que en todo caso son más creíbles entre los inflamados partidarios de Obama. Sea o no éste el cálculo, lo cierto es que dan muestras de que consideran que defraudarlos supondría el máximo daño al partido y continuar la lucha hasta la convención de Denver a finales de agosto, como pretende Hillary y cada vez tiene más posibilidades de conseguir, supondría un desgarrón interno inaceptable. Parecen decididos a tomar las riendas de la situación en sus manos y zanjar el tema pronunciándose a favor de Barack en número que crece de semana en semana y que cuenta cada vez con más desertores del bando clintoniano. La batalla da un nuevo giro y el interés no decae.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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