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Juan Pablo II y el honor de Dios

La experiencia de haber sido un resistente contra dos sistemas totalitarios, el nazi primero y el comunista inmediatamente después, le llevó a resaltar el elemento liberador del mensaje cristiano

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Juan Pablo II fue un hombre de religión. Sus motivaciones y objetivos fueron religiosos. Sin tenerlo presente es imposible entenderlo, como lo demuestran muchos de los comentarios que inundan hoy los medios de comunicación. Pero la religión es para este mundo, en el otro no hace falta. No se trata de que a través de la corporeidad de los creyentes roce lo que existe de tejas abajo. Su objetivo es transformarlo transformando los corazones y las mentes de los individuos. Eso significa choques con los designios de otros que buscan la preservación o el cambio en direcciones distintas, es decir confrontación.
 
 
Su tarea no fue otra más que defender la pureza e integridad de la fe, propagarla y exhortar a convertirla en vida. Hace falta estar muy cegado por los prejuicios para negarle su intensa espiritualidad. Desde cualquier punto de vista meramente terrenal dilapidó una enorme parte de su vida dedicándose a la oración y al estudio de saberes para muchos carentes de relación con la realidad. Vivió mortificaciones que para otros son puro masoquismo. Pero de ello extrajo su fuerza para llevar a cabo la tarea a la que le impulsaba su fe, y su denodado empeño ha tenido consecuencias estratégicas de la mayor envergadura, razón por la que nos ocupamos en esta página de su personalidad y su legado.
 
 
Su pontificado es el segundo más largo en veinte siglos y posiblemente haya sido el papa de mayor altura intelectual de la historia. Sus numerosos y profundos escritos doctrinales y su enorme predicación tendrán un largo impacto en la iglesia católica. Su actuación en el seno del catolicismo es en sí un hecho histórico multidimensional que no deja de tener repercusiones más allá de la comunidad de los fieles. Pero el aspecto más visible de su legado para el conjunto de la humanidad es su extraordinaria contribución al desplome del comunismo.
 
 
Las causas objetivas del fenómeno estaban ahí. El comunismo era un zombi que podía haber seguido caminando durante no se sabe cuanto tiempo. Pero cuatro personalidades desempeñaron un papel excepcional en su desmoronamiento. Karol Woityła, Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Gorbachov. Los tres primeros por su convencimiento de que la intrínseca maldad del sistema lo hacía sumamente débil, el cuarto porque creía que su intrínseca fortaleza se impondría en el mundo una vez purificado de las corruptelas lo habían degenerado. El método de los tres primero fue prescindir de eufemismos y cautelas y llamar a las cosas por su nombre. Las suicidas reformas del cuarto allanaron el camino.
 
 
Pero el que puso en marcha el proceso fue el papa polaco. Andropov, jefe de la KGB en aquel momento, lo intuyó desde el principio. El peligro residía en el mero hecho de que un súbdito del imperio ocupase la cátedra de San Pedro. Pero Juan Pablo II no se limitó a quedarse sentado. En junio del 79 volvía a su tierra. El régimen no se atrevió a prohibírselo. En unos pocos días la cuarta parte de la población del país pudo verlo directamente. El efecto fue como la proclamación de la desnudez del rey. Un joven se lo cantaba así a George Weigel, autor de la mejor biografía del pontífice : “Podemos tener que vivir y morir bajo el comunismo, pero ahora lo que quiero hacer es vivir sin ser un embustero”. La verdad resultó devastadora. La más obvia es que el régimen se mantenía en contra del pueblo. El comunismo, que doctrinalmente proclamaba la primacía absoluta de lo social, políticamente trituraba la sociedad atomizándola en un polvillo de individuos aislados y por tanto impotentes. El mero hecho de verse juntos les devolvió la fe en sí mismos. Año y medio más tarde se creaba el sindicato Solidaridad. Los obreros contra el régimen que decía representarlos. Era el principio del fin.
 
La experiencia de haber sido un resistente contra dos sistemas totalitarios, el nazi primero y el comunista inmediatamente después, le llevó a resaltar el elemento liberador del mensaje cristiano, el papel central de la libertad en la naturaleza y dignidad humanas. No se trataba de una mera cuestión política pero tenía inmensas repercusiones en ese ámbito. Sin embargo lo que a Wojtyła le importaba, como al obispo Beckett frente a Enrique II, era defender el honor de Dios.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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