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Afganistán

Karzai amenaza

Esta vez Karzai ha ido demasiado lejos. El presidente afgano aseveró en un reciente discurso que existía una delgada cortina entre lo que es cooperación y asistencia y lo que es invasión, en clara referencia a las tropas extranjeras, y particularmente las norteamericanas, en su país. Además acusóa los extranjeros de empañar las últimas elecciones presidenciales en las que se acusó de fraude al propio Karzai, y de tratar de impedir un acuerdo de paz con los talibanes. El estupor de la Casa Blanca no ha cerrado la boca a Karzai que ha continuado con los ataques y desafíos verbales contra los aliados occidentales, contra la ONU, y hasta con la prensa extranjera.

Sus palabras son la reacción a las crecientes críticas vertidas por Washington contra el líder afgano, reprochando sus pocos progresos para acabar con la corrupción, para avanzar en el Estado de Derecho y para mejorar la gobernanza. El último tirón de orejas lo recibió pocos días antes del polémico discurso, cuando Obama viajó al país en su primer viaje como presidente. A la reprimenda se sumó pocos días después el rechazo en el parlamento afgano de un decreto impulsado por Karzai para controlar la comisión electoral, respaldada por Naciones Unidas y encargada de investigar el fraude electoral de las últimas elecciones presidenciales.

Las palabras de Karzai dificultan los esfuerzos para estabilizar el país, debilitan la frágil estrategia para Afganistán de Obama y alienta a aquellos que quieren ver un repliegue de las fuerzas extranjeras. Pero sobre todo hace preguntarse no sólo a la opinión pública sino a políticos, diplomáticos y a los miles de soldados desplegados en Afganistán que se pelean en el conflicto, si vale la pena morir por el régimen de Karzai, y si merece la pena que Occidente se convierta en el sostén de un Gobierno corrupto.

Su más reciente amenaza la acaba de pronunciar ante dirigentes tribales locales que constituyen un apoyo crucial para su permanencia en el poder. Les aseguró que sin su consentimiento no se llevará a cabo la ofensiva militar que tienen planeada las fuerzas aliadas para el mes de junio. Según algunos medios, Karzai llegó incluso a amenazar con unirse a los insurgentes si las potencias extranjeras continúan criticándole. Puede ser una fanfarronada más de Karzai o, para los más alarmistas, un paso más en la aplicación de una nueva política para distanciarse de las potencias aliadas y acercarse a otras, como Irán. La creciente influencia persa en Afganistán se reflejó en la visita a Kabul Ahmadinejad en marzo pasado, y en un reciente e importante envío de armas desde Irán hasta Kandahar, como destacó el jefe del Estado Mayor norteamericano, Mike Mullen.

El problema es que no parece haber una alternativa a Hamid Karzai, que de vez en cuando olvida que él sería uno de los primeros beneficiarios de un Afganistán estable. Y en cuanto a los aliados, que reflexionan sobre su presencia en Afganistán, el porqué y para qué se han implicado en ese lejano país, porque no hay peor enemigo que no saber y no creer en los que se hace.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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